Decido comprar kiwis. ¡Leches, siete euros el kilo! Poco más o menos, a euro el kiwi. Quizá no sea mucho, pero es que estaba acostumbrado a pagar menos de la mitad. Luego voy a por un paquete de arroz bomba y exactamente lo mismo, más del doble del último que compré. Del aceite de oliva, como de las mujeres del tango, mejor no hay que hablar. Yo no sé cómo serán las cifras oficiales de la inflación, ni me preocupa en absoluto saberlo porque sé de sobra que estarán amañadas a conveniencia de la clase política. Yo, veo lo que veo y con eso me basta porque tengo mucha Historia leída: todo se debe a que, los que nos han estado prestando dinero estos últimos años, ahora nos están urgiendo a que les paguemos lo que les debemos. O es que creen que lo tenemos todo tan bien montado que, por poner un ejemplo, es normal que una cajera de Mercadona se pueda ir de vacaciones al otro lado del charco. Pues no señores, no es normal. La cajera puede hacer eso porque todo está subvencionado por el Estado que es el que pide prestado al que lo tiene: los grandes fondos de inversión y cosas por el estilo.
El rollo de la inflación es de lo más interesante. No hay nada que incite más a vivir, no ya al día, sino al instante. Con una mano cobro y con la otra lo gasto. Visto y no visto. La palabra ahorro desaparece del diccionario como por arte de birli-birloque. Por eso es que uno va por la calle y tiene la impresión de que hay cualquier cosa menos crisis económica. Todo está a tope, luces, música, coches... ni huella de carbono ni leches. ¡A vivir que son dos días! El otro día paseaba con un amigo y nos topamos con la salida de un colegio. No me explico, me dijo, como todavía hay gente que tiene el valor de tener hijos.
Sí, la inflación es lo que tiene, que degrada los principios en los que se sustenta la sociedad. Y entonces, de forma natural, se pasa a la vida nocturna que es cuando todo invita al vicio. El vicio trae las mafias que no tardan en apoderarse del Estado. Y entonces es cuando llega Hitler y manda parar. La secuencia no falla.
Y mientras tanto el país sigue bailando la yenca: derecha, isquierda; izquierda, derecha. Pasito palante, pasito patrás. Mira que hay que ser tonto para creerse eso. Así que lo suyo ahora es hacerse a un lado a rogar a Dios que no se te lleve el turbión que se anuncia en el horizonte.
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