martes, 24 de octubre de 2023

No lo veo

Por lo que estoy viendo estamos volviendo a pasos agigantados a los tiempos de Carlos Martel. Hacía poco más de veinte años que el conde Don Julián, cabreado porque el rey Rodrigo había forzado a su hija la Cava, había franqueado el paso del estrecho a las huestes musulmanas. Bueno, esta es la leyenda; la realidad supongo sería que la península Ibérica estaba muy despoblada y el norte de África rebosante de población. Una cuestión en definitiva de gradiente: entre lo más y lo menos denso se establece una corriente que tiende a equilibrar la solución. Física en estado puro. El caso era, entonces, que la corriente no paraba de coger fuerza y del 711 al 732 los árabes ya habían llegado a Poitiers que es donde Martel les para los pies. Porque todo el sur de Francia ya estaba en su poder. Lo mismo que la península Ibérica, salvo unos maquis que andaban por la cordillera Cantábrica. 

En 732 Martel les para en Poitiers, pero tienen que pasar más de siete siglos, hasta que los Reyes Católicos toman Granada en 1492, para que Europa se vea por fin libre del todo de esa ideología perniciosa que llaman islamismo. Y me perdonen los moros por calificar de perniciosa esa que ellos creen su religión y que no es más que una ideología que les han metido a machamartillo para mejor dominarlos. Algo muy parecido, por cierto, a lo que hace en estos tiempos la socialdemocracia con su invento de la escuela pública. Pero este es otro tema. 

¿Y por qué digo que es perniciosa? Pues hombre, a la vista está. ¿Por qué es entonces que toda esa gente tiene que emigrar de sus países en busca de mejor vida? Esa ideología, sin lugar a dudas, fomenta el mal gobierno con su consecuencia inevitable de insoportables diferencias sociales. Pero, en fin, sea como sea, ahí están, no ya hasta Poitiers, como en el siglo VIII, sino por todo Europa amenazando con    señorearla. Porque se da el caso de que esa ideología se fundamenta en la simplificación de las grandes cuestiones de la vida. Un musulmán, si es como le han enseñado que tiene que ser, no tiene por qué tener contradicciones. Todas las grandes cuestiones de la vida las tiene perfectamente regladas. El Corán, que tienen la obligación de aprenderse de memoria, se lo deja niquelado. ¿Conocen ustedes algo más necio y peligroso que la gente sin contradicciones? Son como la peste: todo lo invaden para destruirlo. No hay más que ver cómo están ahora Suecia y Holanda, dos puntales que fueron de la civilización occidental, es decir, el reino de la cultura de la contradicción. 

Pues sí, resulta que con esta enésima escaramuza entre las partes que está teniendo lugar en el Oriente Medio, las masas sin contradicciones que residen en Europa han salido a las calles a alborotar y ello nos ha dado la oportunidad de comprobar de primera mano cuales son las verdaderas dimensiones del problema. Muy gordo, por cierto. Y así es que estamos a la espera del nuevo Carlos Martel (Martillo) que venga a poner coto al dislate. Imagínense el problema que tenemos por delante: si de Poitiers a Gibraltar nos llevó más de siete siglos, ¿cuánto nos va a llevar ahora si han llegado hasta el mismísimo cabo Norte? Bueno, un vasco que vive en China nos contaba el otro día que los chinos hacen campos de concentración y meten en ellos a las minorías musulmanas. ¿Se imaginan cómo tendría que ser el tamaño de los campos si se tomase la misma solución en Europa?

No sé, yo no lo veo. Y mucho menos lo veré. 

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