sábado, 21 de octubre de 2023

¡Oh, my God!

Como les decía, recién vengo de terminar la lectura de los libros de Heródoto y si algo he encontrado en ellos que los pudiera definir por encima de todo lo demás, eso es, exactamente, lo mismo que define a la Biblia, es decir, la omnipresencia en ambos dos de la relación del hombre con la divinidad. Se diría que el día que el animal humano tomó conciencia de la existencia del futuro, irremisiblemente se instaló en la incertidumbre, una realidad absolutamente exasperante de la que solo pudo escapar en parte inventándose a los dioses. Preguntar a los dioses, implorarlos, adorarlos... no ha habido nada a lo largo de toda la historia de la humanidad que fuese, por así decirlo, más nuclear, o sea, que todo haya girado en torno de esa idea puramente quimérica. Y ¡ay de quien hace bromas al respecto! Nunca hubo delito que llevase a tantas personas a la hoguera.

Luego vino lo del siglo de las luces y, con ello, la ilusión de poder prescindir de los dioses. Con nuestra capacidad para razonar no les necesitamos para nada, dijimos. Nietzsche incluso se atrevió a anunciar que Dios había muerto. Quizá no había leído a Casanova porque, de lo contrario, seguramente hubiera dicho que habíamos cambiado de superstición sin haber ganado, sino probablemente lo contrario, con la trasposición. De hecho, si a algún dios se le han inmolado a destajo vidas humanas, ese ha sido el dios de la racionalidad en su acepción más extremista: la Ciencia. Fue precisamente la Ciencia la que instituyó que el Anís del Mono era el mejor y que, por tanto, no había más que hablar. Y al que hablase, pues leña al mono, valga la redundancia. Bueno, ya acaban de ver toda la leña que han dado a los que han cuestionado la versión oficial, basada por supuesto en la ciencia más estricta, de la cuestión pandémica... les han llamado negacionistas, pero, en realidad, lo que querían decir era sacrílegos, o sea, asesinos de lo sagrado. 

Pero todo es inútil. A la verdadera hora de la verdad, valga también aquí la redundancia, el ciudadano común echa mano indefectiblemente de los dioses de siempre. Si quieren comprobarlo no tienen más que, coger, agarrar, ponerse un rato a ver porno y de inmediato comprobarán que todas las mujeres anglosajonas cuando están en el trance de alcanzar el clímax, impepinable exclaman ¡Oh, my God! Ya ven que cuando la vida cobra todo su sentido es imposible sustraerse a divino. 

Por lo demás, desmintiendo la impepinabilidad de las mujeres anglosajonas, cuando los padres de Tristan Shandy le estaban concibiendo, en el momento álgido, cuando el padre descargaba, a la madre no se le ocurrió mejor cosa que preguntarle si se había acordado de dar cuerda al reloj -ya saben que hasta no hace mucho había que darles cuerda todos los días-. Fue el pobre Tristán, que no en vano se llamaba así, el que pagó las consecuencias durante toda su vida de no haber su madre invocado a Dios en el momento preciso. Si tal señora hubiera sido griega o judía de cuando aquel entonces, no hubiera cometido semejante sacrilegio, porque si algo sabía aquella gente era que a los dioses no se les debe sacar de la cabeza nunca y menos cuando te están concediendo algo sumamente importante.  

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