Es curioso que tenga una especie de querencia por los espacios de la ciudad que fueron testigos de mis correrías infantiles. Para no tener que subir cuestas, ni soportar los ruidos del túnel, doy un rodeo a la colina Callaltera y por Isabel II, Jesús de Monasterio, voy a dar a la calle Burgos. Por ella subo hasta Numancia en donde me siento en una terraza a hacer el refrigerio de media mañana y, luego, me demoro allí, mitad ensoñando, mitad leyendo lo que sea que tenga entre manos. Aquello está muy cambiado porque lo que antes era carretera ahora es plaza, pero, lo que es el caserío, está bastante intacto. Allí mismo, a menos de cincuenta metros de donde me siento, está la casa en la que viví un año a pupilaje. Está en la esquina noroeste de la confluencia de San Luis con Peñas Redondas. Pareciera que nadie la hubiese tocado. Siempre miro hacia el balcón del segundo piso en el que incluso se conserva la jaula con los pájaros a los que tantos desvelos dedicaban Primitiva y Germana, mis patronas. En los bajos de la casa sigue habiendo una carnicería. Y el bar de enfrente, el que fuera Peñas Redondas, también se conserva; ahora con el nombre de La Cepa del Papi, lo que no es óbice, para que siga teniendo la misma pinta de taberna decimonónica.
Cuando me canso, subo por La Alamedas, flanqueado por los plátanos que, seguramente, muchos de ellos son los mismos que me dieron sombra hace ya setenta años. A la izquierda sigue estando una breve ringlera de casas viejas, pero luego, ya, todo es nuevo. A la derecha, mucho más. La fábrica de cervezas, el palacete de la Clínica San José, y otros muchos por el estilo, han sido sustituidos por bloques de diez pisos sin demasiada personalidad. La excepción es la casa de La Bodega, de tres pisos y con miradores, que es como un oasis en medio de un desierto de anodinia. La Bodega a la que nos solían llevar a comer callos las patronas de la calle Perines, Antonia y Conchita, con las que habíamos sustituido, con grandes ventajas para nosotros, a las de la calle Peñas Redondas. Pocos sitios puedo tener yo más simpatías que a la calle Perines. Allí pasé de la infancia a la adolescencia con todo el tráfago de experiencias que esa transición en libertad supone. Porque, pienso, pocos niños fueron tan libres como yo. Salía del colegio y a la calle a jugar con los raqueros del barrio. A veces, ya adolescente, nos picábamos unos a otros, e íbamos al Frente de Juventudes a darnos un chapuzón en la piscina. En enero y febrero, porque, a partir de marzo, ya nos llegábamos hasta la Magdalena a poner a prueba nuestra resistencia al dolor. Al lado del Frente de juventudes estaba el Cine Alameda al que nos solían llevar nuestros padres cuando venían a vernos los jueves y domingos. A veces entre mis padres y sus amigos, y mi hermano y yo, ocupábamos toda una fila. Películas del oeste, sobre todo, que siguen siendo mis preferidas.
La calle Perines, siempre miro a ver si sigue allí, al fondo, la casa con el chaflan redondo en el que vivíamos. Y veo a Curculio, con su traje negro y nariz roja, entrando y saliendo de El Paraíso, Alto aquí, Probar mi vino. Y al Pipa con su traje de pana y su gorra de plato, apoyado el culo en el carro y los brazos en la escoba, dando palique a cualquiera. Y Mundín, de aquí para allá, siempre haciendo malabarismos con el carrete que le habían dado sus hermanas costureras para que se entretuviese.
Tiro para arriba hacia Cuatro caminos. A duras penas se ven vestigios que no sea la plaza de toros en dirección sur. La Carmencita, aquel emporio hostelero, en el que celebrábamos las despedidas del internado en la cercana Valdecilla, se ha convertido en un edificio de diez pisos que en un rincón de sus bajos tiene un estanco que conserva el nombre. La Carmencita: su dueño tenía un cuello de Madelung que le hacía indespintable. Su mujer, siempre risueña, era una cocinera notable. Bordaba la merluza rellena que nunca faltaba en aquellas cenas de despedida en las que todos acabábamos como cubas, aunque unos más que otros.
Bajo por la cuesta de los Toros y veo a la derecha la mole del nuevo Valdecilla. Afortunadamente, han conservado algunos de los antiguos pabellones. Concretamente el 21, en el que tantas horas pasé durante tres años. Siempre me acuerdo de Palmira la enfermera que partía el bacalo allí. En un mundo justo sería ella la que tendría un monumento a la entrada del hospital. Sigo bajando y ya todo es irreconocible. La antigua fábrica de maderas es un parque en el que me demoro un rato a leer a la sombra de las catalpas o como sea que se llamen esos árboles frondosos. Luego, ya, todos aquellos arenales y marismas es ahora mi barrio cosmopolita. Y lo que fuera El Cuadro, al que a veces íbamos a bañarnos, es ahora la dársena del Pesquero.
Resumiendo, que viviendo aquí es inevitable que esté sumergido en un mar de nostalgia que emborrona en gran medida todas las correrías que llevé a cabo por esos mundos de Dios. Ya se sabe de antiguo que, en la vejez, son los recuerdos lejanos los que dominan la memoria. Así ha querido Dios que sea, luego bien está.
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