Tengo entendido que hay profecías que anuncian que el final del mundo será cuando los judíos regresen a la tierra prometida. Como supongo sabrán, los romanos un buen día decidieron que con aquella gente no había forma de entenderse y, entonces, destruyeron su templo, arrasaron su ciudad y persiguieron a los que intentaban quedarse por allí. Así es como se produjo, hacia el año setenta de nuestra era, la dispersión de los judíos. Y por ahí anduvieron a lo largo de los siglos conservando sus esencias como ningún grupo humano, excepción hecha de los gitanos, lo hizo en el mundo. Bien es verdad que nunca han soltado de la mano el libro que constantemente les está recordando que son el pueblo elegido, es decir, superiores en todos los aspectos al resto de los humanos. Un mal asunto, desde luego, que no ha parado de crearles graves problemas en multitud de ocasiones. Así todo, supieron defenderse y, de alguna forma, demostrar al mundo esa superioridad de la que blasonaban. Sea como sea, por la envidia que producían sus logros, por su capacidad para acumular dinero, por la arrogancia que toda conciencia de superioridad tiende a producir, el caso es que por todos los sitios por donde pasaban han generado tantas antipatías que, una de dos, o salían por pies, o recibían leña. Y así, hasta que, mediado el siglo XIX, y aprovechando la oportunidad que les brindaba la absoluta decadencia y corrupción del imperio otomano, que era el propietario de aquellas tierras, decidieron volver a ellas. Empezaron a comprárselas a los terratenientes turcos por dos perras y al cabo de unos años ya eran propietarios legales de la mayoría del territorio. Claro que en aquellas propiedades turcas solían vivir de alquiler algunos beduinos que se vieron obligados a ahuecar el ala. Es muy interesante al respecto de la evolución de todo este asunto la lectura del Viaje a Tierra Santa de Châteaubriant. Describe aquello, a principios del XIX, como un lugar desolado en el que mandaban los administradores de los señores feudales que vivían en Constantinopla. El único lugar con algún movimiento era Jerusalén y, eso, porque allí mandaban todas las órdenes religiosas cristianas una avanzadilla para luchar por un trozo del Santo Sepulcro. También había allí una pequeña comunidad judía absolutamente miserable y una agencia inmobiliaria que vendía a los acaudalados europeos pequeñas parcelas en el valle de Josafat. Existía la creencia por entonces de que si estabas enterrado en ese valle estarías entre los primeros en ser juzgados el día del Juicio Final. Por lo demás el territorio era sumamente peligroso porque lo recorrían bandas de beduinos que se dedicaban al pillaje. Por eso Châteaubriant viajaba con diez guardaespaldas armados hasta los dientes.
En resumidas cuentas, que la profecía de marras parece que se va a cumplir: todo fue volver los judíos a la tierra prometida y empezar los problemas. Y cada vez mayores porque mezclar judíos con filisteos es como mezclar azufre con clorato de potasa. Un pequeño encontronazo y, ¡zas!, todo salta por los aires. En cualquier caso, hay que tener en cuenta que aquel enclave es una encrucijada entre mundos diversos. Por eso no es extraño que haya allí continuos lances de encrucijada, como decía Don Quijote. Lees historia y te das cuenta de que en pocos sitios estará la tierra más empapada en sangre. Por fas o por nefas, nunca cesaron allí las guerras. Al fin y al cabo, de allí salieron las tres religiones más fanáticas de todas las que tenemos noticia. Aunque quizá sería más apropiado decir que los fanáticos son las personas que profesan esas religiones. Pero da igual quién quien sea el huevo y quién la gallina porque el caso es que no pueden parar de matarse y de paso salpicar.
No hay comentarios:
Publicar un comentario