FIN DE LA COMEDIA "EL CERCO DE NUMANCIA". Así termina lo que yo hubiese calificado de cualquier cosa menos de comedia. Quizá tragedia épica le hubiera sentado mejor, pero si Cervantes tuvo a bien llamarlo comedia sus poderosas razones tendría.
Sea como sea, recuerdo que estaba un día porfiando con un colega que me excedía en jerarquía. Me negaba yo a pasar por no recuerdo qué aro y el tachaba mi actitud de numantina en el sentido más peyorativo del término que no es otro que el de obstinación irracional. Si yo por aquel entonces hubiera estado un poco cultivado hubiese respondido que yo numantino y el Escipión, la versión más acabada de la pasión funcionarial.
La pasión funcionarial consiste en no importarte que el otro se lleve la gloria si tú te llevas el botín. Es la cosa más triste y miserable que se puede concebir, porque el botín te lo comes en dos días y la gloria, si no imperecedera, dura unos cuantos siglos, como la de Numancia que ya va para veinte y sigue dando de qué hablar.
Los numantinos se habían sublevado porque a su juicio el gobernador que había puesto por allí el imperio no hacía más que extorsionarles. Y bien que nos lo podemos creer porque es de lo más común que los gobernadores extorsionen. Los romanos llevaban ya veinte años intentando someterles y no encontraban la manera de conseguirlo. Los soldados se habían acomodado a aquella situación de tablas y poco a poco habían ido llenando de putas su campamento. Y en esto llegó Escipión a poner fin al despelote. Ni un soldado más muerto en batalla. Expulsó a las putas y puso un pico y una pala en las manos de cada soldado. A cavar, les dijo, y él el primero para dar ejemplo. Y en menos de lo que canta un gallo ya había un muro y un foso prácticamente infranqueables alrededor de Numancia. Los intentos Numantinos de una salida honrosa fueron desechados por Escipión. El objetivo en este caso fue la humillación ejemplarizante. Pero no lo consiguió: cuando por fin entró en la ciudad solo encontró cenizas. No pudo someter ni a una sola persona ni rapiñar un solo céntimo.
Así es que Numancia ha quedado en el recuerdo por su defensa, a toda ultranza, como se decía antaño, de la libertad, pero, bien pensado, podría ser la metáfora perfecta de la estupidez funcionarial. Que todos los impresos estén debidamente rellenados, caiga quien caiga y allá cuidados. Como si los infinitos vericuetos de la vida se pudiesen resumir en los impresos. Sí, muy bien, tú ganas, pero solo recoges cenizas. ¡Y mira que no hay forma de que se aprenda la lección! Tú, hijo, algo seguro. Y, ¡ale!, a preparar oposiciones.
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