El parecer los congresistas de EEUU han echado atrás una ley que pretendía la digitalización del dinero por parte del banco central. O sea, la desaparición progresiva del dinero físico. En resumidas cuentas, estamos en lo de siempre, unos intentando controlar y otros zafándose del control. ¿Se imaginan lo que pasaría si todo el dinero fuese digital y, por tanto, no hubiera la menor posibilidad de defraudar un céntimo al afán recaudatorio del Estado? Bueno, tal posibilidad es de todo punto un imposible metafísico. Una irrealidad. Todo fuera imponer ese dinero digital y empezar a aparecer como por ensalmo el dinero físico en sus mil formas posibles. Empezando por el oro y la plata. Pero es que, además, el dinero digital está sometido a la implacable ley natural que preconiza que la vulnerabilidad de algo es directamente proporcional a su sofisticación. Y lo del dinero digital es sofisticado de narices. Imagínense todo el tinglado que hay detrás de una tarjeta de esas que nos da el banco para que compremos o saquemos dinero físico del cajero. Si le surgiese un enemigo a ese tinglado tendría mil sitios por donde atacarlo. Simplemente, cortando la electricidad ya se iría todo al carajo. No, desde luego que los congresistas americanos no han sido tontos al rechazar la centralización estatal del dinero digital.
Y así es todo en esta sociedad totalmente sometida al dios de la tecnología. Acuérdense que a ese dios patizambo su bella mujer le ponía los cuernos con el dios de la guerra. A partir de ahí, el pobre desgraciado ya no tenía cabeza para otra cosa que para atrapar infraganti a los dos desaprensivos. Venus y Marte, para que nos entendamos. Hay demasiada simbología en todo esto y, el que no la quiera ver, o sea incapaz de verla, allá él, que siga confiando en su fuerza para tirarse a Venus hasta que, indefectiblemente, quede atrapado en la maya de hierro.
Es impepinable, a más sofisticación, mayor vulnerabilidad, lo cual nos conduce, inevitablemente, a la obsesión por la seguridad. O sea, el círculo infernal por antonomasia. No hay forma de escapar a la maya de hierro que la sofisticación se ve obligada a construir en un inútil intento de protegerse. Porque mientras haya Venus y Martes habrá cuernos para el responsable de tanta sofisticación. ¡Por Dios Bendito, lo que son capaces de inventarse los amantes para engañar a los maridos! De poco les va a servir a estos pillar infraganti a a aquellos. Una vez consumado el acto ya no hay quién pare la debacle.
En fin, yo añoro aquellos tiempos en los que los médicos íbamos con el fonendo y el sentido común por toda herramienta. Me consta que aquello era infinitamente mejor para los enfermos que lo que hay ahora. Al menos no corríamos tanto peligro de quedar atrapados en la quimera de la seguridad, es decir, del miedo insensato que señorea la vida.
En definitiva, que fuimos a por lana y resultamos trasquilados.
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