viernes, 20 de octubre de 2023

Y viceversa

Los seres humanos tenemos una tendencia irreprimible a mirar el presente, la actualidad que le dicen, con una lente de aumento. Eso nos impide la perspectiva. Los griegos lo llamaban la lejanía apolínea. Desde lejos se ve el conjunto y, por tanto, la relativa importancia de los detalles. Han sido muchos los momentos en los que la gente, abrumada por un presente difícil, ha pensado que era el fin de los tiempos. Es evidente que tal suposición no es sino la consecuencia de la ignorancia de los resortes del movimiento histórico, como muy acertadamente puntualizó Tucídides. 

En estos que parecen muy agitados tiempos, vengo de pasar las tardes tumbado en el sofá leyendo con parsimonia, por enésima vez, los libros de Heródoto. Estoy a diez páginas, de las mil de que consta, para terminarlo. Y realmente lo siento, porque voy a echarle a faltar. Tanto es el placentero entretenimiento que me proporciona. La infinita variedad de los comportamientos humanos desde su idéntica condición. La agobiante imprevisibilidad de los acontecimientos que obliga al continuo diálogo con los dioses. Lo tornadizo de la caprichosa fortuna. Da la impresión de que nada queda por ver y oír una vez leídos esos libros. 

Tiempos agitados, digo, estos que estamos viviendo. No faltan voces, sino que a mi juicio sobran, que nos anuncien el Armagueddon. La lucha definitiva entre el bien y el mal que se lo llevará todo por delante. La típica paparrucha que sirve de consuelo a los desesperados: que se vaya todo a tomar por el saco de una puta vez. Lo de siempre, en definitiva. Lo malo es para el que le toca la peor parte que, no nos engañemos, no suele ser por suerte, sino por justicia divina. Porque los dioses son implacables, sobre todo con el pecado de soberbia. 

Siempre hay en el mundo exceso de soberbia. Y siempre, también, la soberbia es humillada por la modestia. En sus últimas doscientas páginas, Heródoto nos relata pormenorizadamente como la modestia de las pequeñas ciudades-estado griegas destruye la soberbia del imperio persa. Era tal la desproporción de las fuerzas de unos y otros que hacía impensable un desenlace como el que se produjo. Y, sin embargo, tampoco es que sea tan complicado de entender. Al que defiende su libertad los dioses le favorecen y, por contra, al que quiere quitársela le ciegan. Así es que hayan sido tan frecuentes las ocasiones en la que el ingenio de los pequeños haya derrotado a la prepotencia de los grandes. "Estaríamos perdidos, hijos míos, si no hubiésemos estado perdidos", dijo Temístocles a los atenienses momentos antes de embestir con la suya a una nave persa en Salamina. Es muy diferente lo que se aguza el entendimiento cuando uno defiende lo suyo que cuando intenta acrecentar su poder quitándoselo a otros. 

Resumiendo, que, visto con perspectiva, desde la lejanía apolínea, nunca pasa nada que no haya pasado ya mil veces con resultado de volver siempre a las andadas. Y, ahora, igual: los que tan seguros están en sus poltronas en dos días estarán pidiendo en una esquina... y viceversa. 

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