Seguiré dándoles la matraca con Casanova. La lectura de sus memorias me está resultando como una especie de examen de conciencia y, sobre todo, mucha contrición de corazón. Del propósito de la enmienda, ya, por razones biológicas, puedo prescindir. Aunque solo en la práctica, porque cuando voy por la calle y veo un culo bien puesto la imaginación se echa a volar.
Lo de la relación de los hombres con las mujeres, como bien saben los que saben reconocerse en su justa medida, es algo que condiciona la vida de tal manera que todo intento de racionalización siempre resulta baldío. Yo aseguraría, con poco miedo a equivocarme, que la inmensa mayoría de las tonterías que hacen los hombres tienen como trasfondo el objetivo, casi siempre imposible, de poseer una determinada mujer. A mi juicio, todo ello no es más que la consecuencia de lo poco evolucionados que estamos respecto de nuestra condición animal. Sin darnos cuenta, a la que vemos a una mujer que nos atrae, cosa tremendamente frecuente, de una forma inconsciente nos ponemos a emular al pavo real con resultado por lo general de una patosidad vergonzante.
Y ahí está el punto, en la vergüenza de sí mismo que uno va acumulando a lo largo de la vida. De todo lo que uno se arrepiente, en su inmensa mayoría, está relacionado con las mujeres. La cantidad de energías dilapidadas en tan vano objetivo. Porque esa es la cuestión, lo absolutamente vano que resulta conseguir algún aparente pequeño éxito de vez en cuando. El engreimiento dura poco más que el tiempo de un suspiro. Liberada la tensión acumulada por la incertidumbre resulta, vuelves automáticamente a las mismas, o sea, a seguir buscando la manera de tener nuevos motivos de los que poder avergonzarte después.
Pues bien, así vienen a ser las memorias de Casanova, una persecución infatigable de autoafirmación por medio del uso de la polla. Y a veces pareciera que lo está consiguiendo, porque los adictos suelen ser muy poco conscientes del daño y sufrimiento que les está produciendo su adicción. En el fondo puede que no sea más que una fatal falta de inteligencia, por más que las apariencias digan lo contrario. Casanova era un redomado necio cuyas pulsiones suicidas se canalizaban a medias entre la persecución de las mujeres y el juego. Afortunadamente tuvo también la pulsión narcisista del exhibicionismo, debido a lo cual ha sido que nos haya dejado sus memorias noveladas que, como digo, tienen la virtualidad de servir como una especie de Kempis invertido: a la postre, caes en la cuenta, no hay vida más miserable que la de la persecución a ultranza del placer. En fin, por decir algo.
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