He vuelto a escuchar la entrevista que le hacen a Iñigo Ongay de Felipe en Iocandi Causa a propósito del animalismo. Y es que reconozco que me obsesiona el tema. Y no por nada, sino porque pienso que tiene que haber alguna razón que se me escapa por la cual se esté produciendo este fenómeno histórico que, se podría decir sin exagerar, ha puesto a los animales en el centro de la vida de los humanos... o, por decirlo como le gusta a Iñigo, de los animales humanos. Y no es que los animales no hayan estado siempre en ese centro, pero lo estaban con otras connotaciones, ya fuera como alimento, ya como aliviadores de cargas. Sin embargo, lo de ahora, nada que ver; lo de ahora lo deja niquelado la expresión que tanto gusta a los dueños de las mascotas: uno más de la familia. Bien es verdad que, sí, uno más, pero que se compra en las tiendas y hay que sacarle cada dos por tres a las calles a que cague y mee, que solo hay que ver cómo están las calles para comprobar las dimensiones de la farsa. Tener un perro, como proyecto de vida para unos, o como simple soporte para otros, hay que reconocerlo, es un verdadero asco. Y para más inri, caro. Y, sin embargo, ahí está ese entusiasmo por ellos como nunca se vio cosa igual. ¡Ay, si hubiera habido algo parecido por los hijos!
El análisis de Iñigo es exhaustivo. No deja cabo suelto sobre la cuestión central: ¿qué es lo que diferencia al animal humano del resto de los animales? Pues solo y exclusivamente que el animal humano domina, o casi domina, al resto de las especies. Y digo casi porque, a las ratas, así como a ciertas clases de artópodos no hay forma de acabar con ellos por más que nos den por el saco. El caso es que hace Iñigo una pormenorizada excusión histórica, de Aristóteles para acá, sobre el concepto filosófico de animalidad. De ser una cosa, un objeto, los animales no humanos han pasado a ser considerados como seres animados con todos los atributos que se les supone a los humanos. Aquella mandanga, con la que solíamos justificar nuestra superioridad, de que los animales actúan por instinto y nosotros por razonamiento, no se sostiene. Por instinto actuamos todos y todos, también, tenemos inteligencia, memoria, lenguaje, en menor o mayor medida. Tan es así, que, los entusiastas de la cosa no se paran en mientes y piden en los parlamentos para los animales en general los mismos derechos que para los animales humanos. Y nos quieren poner a todos a alimentarnos de lechugas y cosas así salidas de la tierra... ya saben lo que es la furia de los conversos.
Así es que, considerando todas las razones expuestas por Iñigo, y que yo he tratado de resumir aquí, no se me ocurre otra explicación para ese penoso entusiasmo que, entre otras cosas, obliga a pasarse la vida recogiendo cacas por las calles, que el hecho de regodearse con la sensación de dominio. Unas vidas tan miserables, sometidas hasta la exasperación a las sevicias del control socialdemócrata, de pronto, encuentran un aliviadero a su tortura psicológica en ese dominio absoluto sobre algo animado con lo que se puede establecer una relación de afecto correspondida sin fisuras. Tú lo alimentas y lo demás se te da por añadidura. ¿díganme ustedes que otro tipo de relación ofrece unas cláusulas contractuales tan favorables?... excepción hecha, claro está, de lo de recoger cacas por las calles, que a algunos que conozco ha sido lo único que ha conseguido echarles para atrás.
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