Como el que no quiere la cosa del verano para acá me he ventilado media docena de novelas de Baroja, mi autor favorito, allá, por los años jóvenes. Y el que tuvo, retuvo, y estoy disfrutando de lo lindo. Así es que cuando ya se me está acabando una, me voy de safari por las librerías de viejo y siempre encuentro otra. Y es que, lo suyo con Baroja son las librerías de viejo; no en vano es que su estatua esté, precisamente, en la Cuesta de Moyano. Porque es que, además, me estoy dando cuenta del porqué de aquel gustarme tanto. Anoche andaba demorándome en las Aventuras, Inventos y Mixtificaciones de Silvestre Paradox, una verdadera delicia rebosante de cargas de profundidad.
"Esas conversaciones de personas serias acerca de la política y los partidos le exasperaban. Le repugnaba la prensa, la democracia y el socialismo." Me está pareciendo que, en esta novela, más que en ninguna otra, Baroja va al grano en lo de describirse a sí mismo. En Silvestre ha construido un alterego con el que se despacha a gusto. Porque es que se ve que lo necesita más que respirar para poder sobrevivir en un mundo carcomido por la imbecilidad. Despotricar es, a la postre, el único consuelo que les queda a los clarividentes. Aunque, claro, hay formas y formas de hacerlo, y, la de Baroja, es, si cabe, la más elegante posible: construir un mundo paralelo a tu medida y mostrárselo al mundo... que eso es lo que es una novela.
La biblioteca de Silvestre se compone de cuatro tomos: la Biblia, las obras completas de Shakespeare, las de Molière, y Los Papeles del Club Pickwick que es una versión amable de El Quijote. Me pregunto yo que qué necesidad de más libros que esos hemos tenido los letraheridos que no sea la de evadirse del tedio del mundo a golpe de reiteración. Porque la literatura es, fundamentalmente, eso, reiteración de la media docena obsesiones que torturan a los dotados de una cierta clarividencia. Media docena que se pueden resumir en esa mezcla de estupidez y maldad que es hija de la ignorancia o, mejor si quieren, de la falta de inteligencia. Porque esa es la gran lacra que todos son capaces de ver en los otros y muy pocos en sí mismos. Y, de estos pocos, es de los que podemos esperar la obra de arte.
En fin, por decir algo.
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