Lo peor de la vejez es que, de vez en cuando, sobre todo cuando estás en la cama intentando dormir, te asaltan recuerdos de momentos que quisieras no haber vivido. Supongo que todo el mundo tendrá ese tipo de recuerdos porque todo el mundo, indefectiblemente, vivió momentos aciagos. Tener la conciencia cierta de que fuiste, ya sea un idiota, ya sea un malvado y que, por ello, causaste mal al prójimo, debe ser eso que llaman infierno. También, remordimientos, una palabra, por cierto, que no deja lugar a dudas sobre lo que quiere significar. Algo por ahí, por dentro, que te está comiendo a mordiscos y no lo puedes parar.
Pero, a D. G., a todo se acostumbra uno y, a los remordimientos, no iba a ser menos. Es fácil consolarse con el remedio de los tontos, es decir, con el solo tener la absoluta certeza de que a todo el mundo le pasa igual porque, a la postre, nadie es dueño absoluto de sus actos: las circunstancias, y los estados de ánimo es una de ellas, mandan. Como tengas un mal día, o te hayas levantado con el pie izquierdo, como nos decía nuestra madre, ya pueden ir preparándose los que confiaban en tu benevolencia para llevar a cabo sus propósitos. No solo es que no te importará, es que incluso te regodearás, defraudándolos. Y, gracias a esas injusticias que nos hacemos los unos a los otros es que vayamos aprendiendo el verdadero significado de la vida, si es que tiene otro que no sea el de comer y no ser comido.
Por lo demás, diría yo, en la vejez todo son ventajas. Te importa todo un carajo porque, a no ser que seas muy tonto, tienes ya la experiencia suficiente para saber que todo es más de lo mismo y así será por los siglos de los siglos. Con inteligencia artificial o sin ella, y demás mandangas, el ser humano seguirá cometiendo los mismos errores, sobre todo el de las expectativas excesivas que indefectiblemente se resuelven en frustración. Y eso es lo que de manera, por así decirlo biológica, has aprendido a controlar cuando has llegado a viejo: el tamaño de las expectativas; cuando ya no hay futuro por delante, por pura necesidad tienen que ser modestas; fácilmente realizables y, si no, no pasa nada.
En resumidas cuentas, que, en la vejez, si bien son inevitables los momentos de infierno, son mucho más frecuentes los de beatitud o, llamémoslo cielo. Un sillón reclinable, una novela de Baroja, una guitarra a mano, una fisiología aceptable para pasear, unos allegados respetuosos... lo demás, por añadidura.
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