El otro día pase un buen rato revisitando los intríngulis del número e. Hacía tiempo que no me entretenía con este tipo de vídeos, pero he descubierto a un muchacho mexicano que lo explica todo divinamente con esa prosodia cantiflesca que es una verdadera delicia. Desde luego que los hispanos no sabemos muchas veces valorar lo que tenemos y más nos valiera empezar a darnos cuenta de lo afortunados que somos. Pero, en fin, ésta es una historia para otro día.
El caso es que, algunas veces, cuando retomas algo que tenías arrumbado en alguna olvidada repisa del cerebro es como si hubieses descubierto un tesoro deslumbrante. Te parece que lo entiendes como nunca lo habías entendido y das gracias a los dioses por haberte concedido tamaño don. Porque no hace falta darle muchas vueltas al asunto para entender que la comprensión de lo sofisticado es de entre todos los placeres posibles el de mayor calado por aquello de que te eleva a alturas olímpicas, es un decir.
Retoricas aparte, lo del número e es una cosa de entre las más sorprendentes a las que ha tenido acceso la mente humana. Me imagino que el porcentaje de gente que tiene idea de su existencia será mínimo, lo cual no quita para que sus vidas estén condicionadas por lo que supuso su descubrimiento para la evolución de esto que llamamos civilización. Porque ese es el asunto, que el alumbramiento de ese número irracional, 2,7182818284..., supuso para la humanidad un hito, por lo menos, si no más, a efectos prácticos, cual pudiera haber sido la llegada de Colón al nuevo continente. Y ahí está el detalle y, de paso, la tragedia de este mundo, que una verdad tan trascendente solo es accesible a ese mínimo porcentaje de favorecidos por los dioses para la comprensión de lo sofisticado.
Se imaginan lo que pudiera ser esto si tal verdad se expandiera por el mundo y miles de millones pudiesen gozar de su comprensión. La comprensión, en definitiva, de la importancia de la tensión espiritual como fuente de placer. Porque, esa es la gran tragedia de la vida, que todas las demás fuentes nunca sobrepasan su condición de sucedáneos.
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