¡Pero bueno! ¿Esto qué es? Uno no necesita salir del barrio para ver cuál es la deriva que está tomando el mundo. Desde luego que El Fari se murió a tiempo porque de haber seguido vivo hubiera reventado de indignación. Hombre blandengue, decía él, pero no se imaginaba hasta qué grado. Iba el otro día paseando por el muelle norte de la dársena del pesquero cuando voy y no puedo dejar de fijarme en un tipo de aspecto tirando a saber mucho de futbol que estaba quitando, con esa delicadeza que proporciona el operar con el dedo meñique, unas legañas a su perrazo; concluida, al parecer con éxito, la intervención, le aplicó un par de amorosos besos en el morro. Bueno, mujeres besando a perros, las hay por todos los lados, pero un tiarrón... sin el menor recato, como importándole un bledo el qué dirán. ¿Ustedes creen que esto es normal?
Por otro lado, es impresionante la cantidad de caribeños que me topo por la calle con ese aspecto repulsivo que proporciona la tortura mental. Corporeidades disidentes, que diría ahora un socialista. Se nota de lejos que se han sometido a terapias hormonales y sabe Dios a cuantas barbaridades más. Me da la impresión de que la mayoría son cubanos que han escogido esa vía de autodestrucción para olvidarse de las terribles humillaciones a las que se han visto sometidos por haber nacido en el sitio equivocado. No quiero ni imaginarme el horror que debe vivir instalado en esas cabezas. ¿Cómo se ha podido llegar a esto? ¿Cómo puede haber médicos que se prestan a realizar semejantes mutilaciones? Y alegar que con ello se alivian las torturas mentales de esos desgraciados me parece una excusa canallesca. Todo ello es de una degradación moral insufrible. Ni siquiera aquellas barbaridades de los antiguas que leemos en Heródoto le llegan a la suela de los zapatos a estas sofisticaciones del horror. Además, como si fuese lo más natural del mundo: ayer me contaba mi hija que en el colegio al que va la suya se habla de los que llaman trans como de algo chistoso. Sí, porque ni siquiera ahorran a los niños en esta deriva suicida.
Pero lo más chusco de todo esto es que cuando va Putin y dice que en Rusia esto de los trans y cosas por el estilo es algo que hay que arrumbar en la inevitable trastienda donde se cuecen las miserias de cualquier sociedad, pero que, a la vista, y menos a la de los niños, será perseguido por ley. Y entonces van todos los medios de comunicación de por aquí y le ponen de chupa de domine. Ya ven, Rusia, ejemplo de nada para un occidental que se precie. Porque es que, para libres, nosotros. Porque esa es la milonga que nos han colado aquí. Me seguía contando mi hija ayer que no hay serie de Netflix en la que no aparezca los trans y todas las demás aberraciones de la especie como algo habitual en nuestras sociedades.
Netflix, propaganda en vena. Y luego llaman conspiranoicos a los que sospechan de la existencia de un designio de los poderosos para reducir la población mundial. Que, por cierto, el otro día aparecía con sospechosa insistencia por todas las redes un gurú indio, de esos que tienen pelo hasta en los dientes, dando una conferencia en el Foro Económico Mundial en la que no tenía más tema que el de la conveniencia insoslayable de reducir la población mundial sin pararse en mientes a propósito del procedimiento a elegir. Matas unos cuantos miles de millones y se acabó la rabia, venía a decir. Un gurú indio, ¡qué desfachatez! ¿No podría haber empezado el buen hombre repartiendo los consejos en su propia casa en vez de ir por ahí aireándolos? Y, además, como si Natura necesitase consejos para tomar sus decisiones. Dejémosla que ya se encargará ella de poner las cosas en su sitio.
En fin, ¡qué día tengo hoy! Y, sin embargo, todo apunta a que debiera estar contento porque no cejan de llegarme buenas noticias de mis más allegados. Quizá es que lo uno trae inevitablemente lo otro. La felicidad, el miedo a perderla. Y, aunque personalmente, en el mejor de los casos, me quede ya muy poco futuro, me preocupo por el que pueden llegar a tener los que aquí voy dejar. Así somos los humanos y no hay forma de evitarlo.
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