Ahora resulta que Boris lo hizo, pero él, en realidad, no quería hacerlo. Se lo impusieron sus subalternos. Dice Boris que a los viejos se les debía haber dado a escoger lo del confinamiento. Y, también, que se le parte el corazón de pensar que haya que confinar a sus nietos para que no le perjudiquen a él. En resumidas cuentas, que ahora, cuando las orejas del lobo se ven en lontananza, vamos y nos enteramos de que Boris tiene un corazón de oro y que lo que en realidad pasó fue que sus subalternos se le subieron a las barbas, por más que él parezca bastante imberbe.
Estamos en lo de siempre: utilizando la propaganda para convencer a la gente de que es lo que no es. Porque, no nos engañemos al respecto, la propaganda es muy raro que no funcione. Por eso vivimos en un mundo de ficción, creyendo siempre que es lo que no es. Luego, ya, a toro pasado, cuando se descubre el pastel, la verdad es como dar cebada al burro por el rabo. Y, sin embargo, nos pasamos la vida intentando descifrar la realidad para mejor acomodarnos al futuro. Pero siempre llegamos tarde porque la única realidad aprehensible es la que se desprende de la omnipresente propaganda. Siempre fue así y siempre será porque, pase lo que pase, siempre estará ahí alguien, subido en un púlpito, cantando una milonga que le viene como de molde al stutu quo, es decir, hablando en plata, que siga mandando el que está mandando.
Y el caso es que yo no sé porque me he tenido que enterar de que, en realidad, Boris es un buen tipo, que hizo lo que hizo porque le tenían cogido por lo huevos. ¡Y a mí que coño me importará esa milonga! Me he levantado de la cama animoso, he desayunado como un príncipe y me he venido al salón a continuar con mis rutinas cotidianas, valga el pleonasmo. Y, ya ven, como si fuese un virus de esos que traspasan las mascarillas, se me ha colado lo de Boris, que malditas las ganas que yo tenía de saber nada de él. Es evidente que, si así ha sido, es porque algo estoy haciendo mal y los dioses me castigan. Se ve que no les ofrezco suficientes sacrificios. Porque, no se equivoquen al respecto, sin esos sacrificios todo se les pondrá en contra, que no hay que haber leído a los cásicos para saber que así es: basta con la propia experiencia.
En fin, voy a ver si me pongo a hacer algo de provecho y así me olvido de lo de Boris. ¡Por Dios Bendito, qué tortura es esto de vacar! Se te cuelan todos los virus.
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