martes, 28 de noviembre de 2023

Clérigos

 "Yo quisiera expresar con palabras sencillas todo el encanto que las cosas -un palacio vetusto, una callejuela, un jardín- tienen a ciertas horas. Esta vieja ciudad cantábrica..." 

Anda Azorín matándola por el Santander de comienzos del XX. Nos habla de las ventajas que ofrecen para todo, incluso para turistear, las primeras horas del día. Recorre esas calles del centro -dejad los planos, dejad las guías, no preguntéis a nadie- que se llevó el incendio del 41 y acaba dando, como no podía ser de otra forma, en la catedral.,. sencilla, pequeña, austera, pero con un poderoso atractivo. Entra en ella y se pone a fisgar. Es la hora del capítulo de los canónigos. Los ve llegar e ir a sentarse en su lugar del coro. Y fabula sobre ellos. "¿Quién es ese de cabeza fina, pelada, y de los ojos grandes, luminosos, que anda raudo, callado, con las manos sobre el pecho? ... Tal vez vosotros, viéndole andar majestuoso, sigiloso, os figuráis tener delante uno de aquellos grandes psicólogos españoles -dominicos, agustinos, simples clérigos- que como fray Diego Murillo o fray Antonio Arbiol, escribieron tan sutiles tratados de cosas de la conciencia, que aún hoy, entre los grandes analíticos contemporáneos, no encuentran superiores..."

Como se pueden figurar, me vence la curiosidad, dejo a Azorín a un lado y me voy al internet a ver qué me dicen de ese par de frays. Y es que, sobre lo que no se pensase y escribiese en aquella España del XVI, XVII y bien entrado el XVII, es porque, sencillamente, no existe. Algún día, si es que quedan españoles, que está por ver, tendrán plena conciencia de lo que fue este país y lo calladamente que supo adelantarse en siglos al resto del mundo en las cosas que realmente importan, las del espíritu. Sin miedo a parecer chauvinista, diría yo, que entre los de la Grecia clásica y los españoles de los siglos de oro dejaron al mundo visto para sentencia. De hecho, ya se va reconociendo por ahí. Solo hay que leer a Hayek, Rothbard, que no son cualquier cosa, precisamente, para darse cuenta. 

Puede que algún día busque por ahí y encuentre algo de fray Murillo y fray Albiol. Aragoneses y clérigos, como Gracián o Molinos. Seguro que no me sorprenderán menos que estos dos gigantes del pensamiento. De momento, encuentro una perla de Albiol que nos da idea de la libertad de conciencia que se respiraba en aquella España a la que todos se apresuran a despreciar:

"No se ha de obligar al concubinario a que eche la concubina si ella le fuese muy útil para su regalo y asistencia; si faltando ella pasaría la vida muy desacomodada y otras viandas le causaran tedio y dificultosamente hallaría otra criada."

Tenía claro lo del sentido práctico de la vida. Lo del regalo y la asistencia. Vive y deja vivir. Y, después, cambiaron a los clérigos por los políticos y todo se fue al carajo. ¡Por Dios bendito, cómo vas a comparar a gente que sabe latín con la que no lo sabe! Hay un abismo insalvable. 

En fin, entre unas cosas y otras me han entrado ganas de ir a ver por dentro la catedral, porque a lo mejor hace más de sesenta años que no he entrado en ella por razones seguramente equivocadas.  

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