No hay nada que defina mejor a la chusma que su convencimiento de estar siempre del lado de lo justo y equitativo. Ella no necesita leer la Biblia ni demás libros de historia para saber que los judíos son los malos y los palestinos los buenos. A la chusma le basta con ver la televisión para saber de todo. Y así es como corre y ha corrido el mundo, y correrá por siempre jamás, porque donde no hay entendimiento el hábito, o la imagen interesada, califican, porque olvidan que los entresijos de la condición humana son tan inescrutables como los designios de Dios. Sí, eso es, los designios de Dios, que Él sabrá por qué tiene que ser que pasen los milenios y judíos y filisteos, que viven puerta con puerta y son primos hermanos, sigan sin ser capaces de entenderse.
Tenía yo unos primos que en apariencia no les faltaba de nada: buenas carreras, buen estatus económico, salud, ect., pero, era evidente que con eso no les bastaba para atemperar su ego, cualquier cosa que eso sea más allá de un invento de los charlatanes. Y así fue que varias veces tuviera que acudir la guardia civil al llamado de los vecinos, porque, abandonados a sus instintos, mis primos estaban poniendo por obra su intención de matarse el uno al otro. Yo hacía tiempo que no les trataba, pero como sus querellas eran la comidilla del entorno, estaba al cabo de la calle de su irracionalidad. Y alguna vez me topé con ellos y, como si se tratase de un resorte, ambos saltaron con sus razones de ofendidos por parte de la parte contratante... porque la cosa iba de tragicomedia. Al final se murieron los dos manteniendo el statu quo y aquí paz y después gloria.
Lo de no entenderse es, indiscutiblemente, una cuestión de mentiras. Por una parte, los judíos se definen a sí mismos como el pueblo elegido. Como los catalanes o los vascos, para que nos entendamos. Y, sí, se ve que semejante patraña funciona a la perfección como cemento cohesionador. Aunque, claro, como nada es perfecto, ese cemento deja unas excrecencias en forma de soberbia que, como no podría ser de otra manera, provoca el odio de los que no participan de la fiesta.
Por su parte los filisteos, se han inventado la milonga no menos cohesionadora de que los judíos les expulsaron del territorio de sus antepasados en el que la mayoría vivía en palacios rodeados de naranjos. Claro, un agravio de tal calado no se olvida nunca y, a la menor oportunidad, se intenta la revancha con los resultados de todos conocidos que, a la postre, no son más que más leña al fuego.
Para mí que lo que pasa es que lo de educar a los niños en la creencia de que pertenecen a un pueblo elegido es el camino más seguro hacia la conducta neurótica. Porque el estar condenado a dar siempre la talla de tal condición inequívoca no puede sino producir todo tipo de emociones negativas, empezando por la ansiedad incontrolable, siguiendo por los sentimientos de culpa y, terminando, con esa verborrea incontenible que quiere ser autoanalítica, pero no es más que autojustificatoria de las propias pasiones inconfesables. Bueno, si han visto películas de Woody Allen, ya saben de qué estoy hablando.
Y a los filisteos, ¡échales de comer a parte! Son más vagos que los chicharos y más viciosos que los monos del zoológico: no parecen tener otra filosofía que la del ponte bien y estate quieta, que no por otra causa es que sus poblaciones explosionen... ya saben, e elevado a nt... pero esta es otra historia. El caso es que un día llegó Mahoma y mandó parar porque es que según cuentan los libros de historias estaban estos payos en sus jaimas venga a tirarse a sus hijas a la que cumplían estas los siete años. Y es que es lo que tiene el hacinamiento mezclado con el ocio, que uno no se puede parar en mientes.
En resumidas cuentas, que la chusma lo tiene fácil lo de escoger, porque donde esté lo de las jaimas que se quite lo de las neurosis que producen las aspiraciones a la superioridad étnica y mandangas por el estilo. Pero, en fin, estamos en lo de siempre, que así es porque así lo quiere Dios.
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