Ando ya finiquitando el Silvestre Paradox de Baroja. En realidad, no es más que una galería de fracasados que recurren a la picaresca para ir tirando mientras el cuerpo aguante. Es el mundo de las pensiones que tanto frecuenté en mis años estudiantiles. Hoy día, como en prácticamente todas las capitales de provincia hay universidad, los estudiantes suelen vivir con sus padres y, los pocos que son de afuera, o están en una residencia universitaria o alquilan un piso entre varios. En cualquier caso, ya no conviven con esa parte de la sociedad con la que Fortuna se cebó... porque de qué otra manera hubieran podido ser aquellas vidas no por más literarias menos desgraciadas, sino por el querer de la diosa Fortuna.
Ya les dije más de una vez que los dioses escriben recto con renglones torcidos. Y así era que por aquel entonces quisieran poner a disposición del escrutinio de los estudiantes a aquellas gentes desgraciadas. Seguramente, era una parte importante del aprendizaje de la vida que un buen estudiante debe realizar. Nosotros, observábamos aquello divertidos y, luego, en las tertulias de los cafés desmenuzábamos el fenómeno. A la postre, aunque no lo verbalizásemos, concluíamos que había que andarse con cuidado e irse para casa a estudiar. Porque aquellos tipos, generalmente, ya fueran ovejas negras, ya miembros de familias venidas a menos, lo pasaban de pena por más que aparentasen tener la piel corácea. En realidad, no hacían otra cosa que huir hacia delante, siempre hacia el precipicio en el que indefectiblemente acababan por caer.
En el fondo todas estas historias de las que hablábamos y nunca acabábamos por los cafés de Valladolid, o, luego, leíamos en los libros de Baroja que comprábamos por tres pesetas en la Cuesta Moyano de Madrid, no diferían mucho en cuanto a su función moralizante de aquellas vidas de santos que era la única literatura que nos permitían leer en el colegio salesiano al que mi mala fortuna me arrojó por un par de años, así, en plan purgatorio. La única diferencia entre unas y otras historias era que las unas, las de santos, iban tan directas al grano que tendías a rechazarlas, mientras que las otras, las de los pícaros, daban tan tortuosos rodeos que te lo tragabas con gusto sin notar que eran tan ejemplarizantes como las de los santos.
Son las paradojas de la vida, que leyendo vidas de santos es muy probable que te conviertas en un pícaro y, por contra, leyendo historias de pícaros acabes yendo para santo... o, sí no, por lo menos, acabes teniendo una cierta obsesión moralizante que te empuja a interpretar el mundo como un lodazal en el que la única opción viable para sobrellevarlo es la fobia social que, si bien se considera, no es más que una coraza para defenderte de las tentaciones suicidas que provoca la clarividencia.
En fin, uno se pone a lucubrar y nunca sabe a qué extrañas conclusiones puede llegar... siempre equivocadas, por supuesto.
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