Leyendo a Baroja te das cuenta de que no hay mayor miseria moral posible que la que proporciona la adscripción ideológica. Adscribirse es como mutilarse. Por eso a lo que más se parecen todas estas batallas políticas es a una pelea de mutilados, como aquellos que pintó Goya que estaban enterrados de medio cuerpo para abajo y utilizaban el medio cuerpo al aire para darse garrotazos... supongo que porque los mutilados no se pueden dedicar a otra cosa que a eso, a intentar matarse los unos a los otros. Porque los adscritos no pueden sacarse de la cabeza al que cree que piensa diferente, como si pensar diferente fuera posible. Derecha e izquierda son como dos gotas de agua: ambas están convencidas en la misma proporción de su superioridad moral sobre el adversario, aunque, a la hora de la verdad las dos muestran exactamente el mismo entusiasmo al coger el dinero y salir corriendo.
Así es que la no adscripción barojiana lleva irremisiblemente al individualismo. Solo desde esa perspectiva tiene algún interés el ser humano. Importarte un comino lo que piensen los demás sobre lo que pienses tú en cada momento, porque esa es la clave del individualismo, la fluctuación del pensamiento en función de las circunstancias. En cierto modo, una picaresca para poder sobrevivir en la intemperie de la no pertenencia. Los personajes de Baroja no difieren mucho de los de Mateo Alemán. Para el uno y para el otro, mendigar no tiene que llevar necesariamente a la indignidad. Todo lo contrario, es una de las pocas formas de libertad que van quedando en estas sociedades hipercontroladas por las burocracias estatales.
En cualquier caso, todo aquello que estaba pasando en España por los años treinta, Baroja se lo saca de encima por el simple procedimiento de salir por la puerta de su casa y andar unos pocos metros hasta la frontera francesa, En el año 37 estaba en Suiza y lo que allí escribe no hace la menor mención a lo que ha dejado por detrás. Está demasiado ocupado en divagar acerca de lo que observa en su entorno:
"Una señora de aquí, con un tipo de marquesa del antiguo régimen, me dice con frecuencia:
-Veo que no va usted al teatro ni al cine. Yo le enviaré localidades.
-No. ¿Para qué? Muchas gracias.
-Pero ¿no va usted cuando está en España? -me pregunta.
-No.
...
Esta señora me va a preguntar algún día:
-Pero, usted, ¿qué ha aprendido?
Y yo le diré:
-Pues yo de chico aprendía tirar piedras, a romper faroles, a pegarme con los compañeros, a fumar; luego, de joven, aprendí a no ir a clase, a frecuentar los cafés cantantes, a trasnochar; y, ya, de hombre, no sé si he aprendido algo. Lo único que creo que he aprendido es a tener un poco de paciencia y estoicismo... "
En Liérganes había un doctor en medicina que como era igual de mal estudiante que Baroja había coincidido con él en varias universidades a las que se iba en busca de coladeros para las asignaturas atravesadas. Era un tipo que no escribía, pero por lo demás, primo hermano de Baroja. Nunca le vio nadie someterse a nada. Y mucho menos al matrimonio. Vivía en el hotel Continental y solía estar sentado a su puerta. Cuando pasábamos por allí los pocos estudiantes del pueblo nos lanzaba a modo de proclama: ¡bien comidos, bien vividos, y, encima, con el espárrago fiero! Luego, ya, de muy viejo, le quitó la novia a Avelino, un cincuentón sin medios para casarse, y se la llevó a vivir con él para que le cuidase.
Ahora, ya, cuando la cosa no tiene remedio, pienso que debiera haber aprendido más de estas gentes sabias y valientes.
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