viernes, 3 de noviembre de 2023

Gaza

 A parte de lo de Casanova, que es el cuento de nunca acabar -ahora le toca el turno a una adolescente que controla la mitología griega-, mis devaneos literarios actuales los reparto entre Cervantes y Baroja. Baroja, ya les dije, describiéndose a sí mismo en la figura de Silvestre Paradox, un personaje que vive del aire sin otra pretensión que la de lucubrar sobre lo humano y lo divino por medio de su formación autodidacta. Como ya se ha dado cuenta de que la física necesita formación académica se ha pasado a la filosofía que está al alcance de cualquiera con dos dedos de frente. Como no podía ser de otra manera, ha venido a aterrizar sobre Shopenhauer: ya les contaré. De Cervantes leo El Gallardo Español. Es una de esas historias que tanto le gustan a él, porque tiene conocimiento de causa, de moros y cristianos. Mezclar verdades con fabulosos intentos, como el mismo apunta. Está escrita en versificación libre, tipo romance, de una soltura tan sorprendente que bien nos podría haber servido para nuestras declamaciones alcohólicas en las noches de farra por aquel Valladolid de los primeros sesenta. En cualquier caso, lo estoy leyendo en voz alta y esforzándome por mantener el ritmo. ¡Es una verdadera pasada! Pero, música aparte, lo más sorprendente de esta obra, lo mismo que en El Cerco de Numancia que vengo de terminar, es la profundidad de las consideraciones acerca de la condición humana, que, en definitiva, es lo que hace grande a un escritor. Cada sí y cada no, tienes que parar para reconsiderar lo escuchado porque, de carrera, al primer intento, quedas a uvas cada dos por tres. 

Lo de las historias de moros y cristianos en las orillas del mediterráneo siempre han sido de lo más común porque nunca tuvieron demasiadas dificultades para convivir. Los líos, más que de cultura son de "a ver quién es el que manda aquí". Ayer mismo, en un momento de debilidad, me tope con un vídeo en el que se veía una iglesia católica, con sus Purísimas y tal, en la que los feligreses corrían asustados porque allí al lado había caído un pepinazo. Era gente, con más niños, eso sí, como la que podría haber en la iglesia de los Pasionistas de aquí al lado. Sin embargo, era en la torturada Franja de Gaza donde, al parecer, el treinta por ciento de la población es cristiana, un dato curioso que se suele desconocer cuando se habla por hablar para decir tonterías. Porque si hay un treinta por ciento de cristianos quiere decir que en esa Franja tiene que haber muchas historias de moros y cristianos del estilo de las que cuenta Cervantes.  

 En fin, hablando de moros, hoy tengo por delante un día de "papiles". A esto es a lo que hemos venido a dar con tanta civilización y progreso, a un mundo en el que se necesitan "papiles" hasta para respirar. ¡Y qué le vamos a hacer! A pasar por el aro y a callar. 

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