La figura de Casanova se me está haciendo odiosa por momentos. Más o menos como se me hizo la mía cuando tenía la edad que ahora tiene él, rozando los cuarenta. Es tal la obsesión por el placer a toda costa y tan estúpidos los triunfos que ya solo esperas que la inevitable justicia divina venga a poner las cosas en su sitio. Hasta qué punto se vuelve uno idiota cuando, viento en popa a toda vela, vas cual velero bergantín con cien cañones por banda. Presume Casanova de que en una noche le ha echado nueve polvos a Clementine, algo muy difícil de creer y más si se tiene en cuenta que la hermana de Clementine está en la misma cama haciéndose la dormida. A todo esto, el despilfarro para conseguir sus fines es de calibre homérico: son los polvos más caros de que tiene noticia la historia. Intercala el relato de estos imposibles con reflexiones filosóficas sobre la felicidad en las que despliega todas sus dotes para la impostura narcisista. No dice más que tonterías disfrazadas de agudas ocurrencias. Algo muy de la época; la literatura francesa está llena de este tipo de desfachatez: gente engreída sobrevolando la vulgaridad ambiental sin apercibirse de que el castañazo estaba a la vuelta de la esquina. Mientras desplegaban su ingenio en los rutilantes salones el despreciable vulgo estaba ya plantando las guillotinas en el las plazas.
Perseguir el placer tirando de chequera es la tentación a la que sucumben todos aquellos, que somos casi todos, a los que natura escatimó conexiones neuronales. No ves más allá de tus narices y eres incapaz de interrelacionar media docena de ideas simples. Casanova, en esto, es de libro. Un poco más tonto y no nace, como se suele decir ahora. Pero, sin embargo, el relato de sus peripecias, inventadas en su mayoría, tienen un valor inestimable como espejo en el que mirarse. Por lo menos, en lo que a mí hace, me devuelve una imagen todavía más nítida de la que mis muchos remordimientos me habían proporcionado ya. Vivir es, fundamentalmente, hacer el imbécil y conseguir desvelar tan dolorosa verdad es quizá la única tarea por la que merece la pena luchar en la vida. Porque no es fácil y la mayoría nos vamos como vinimos, ósea, flotando en la imbecilidad.
Parecerá a alguno de mis imposibles lectores que exagero, pero, entonces, que me diga por qué otra causa puede ser que en el mundo pasen las cosas que pasan. La persecución del placer a tota ultrança es la meta que nos propone la publicidad que no paramos de tragar mientras miramos la televisión a leemos los periódicos. Hay publicidad burda como la de los anuncios y otra sibilina, como la de las películas y documentales, pero, en cualquier caso, todas sirven para el convento de la imbecilidad. Y, para más inri, de vez en cuando te intercalan uno en el que te cuentan que no sé cuántos niños están muriendo en gaza... ¡ah, pero no habíamos quedado que con esa colonia de marras las va a dejar a todas espatarradas! ¿En qué quedamos?
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