Como les iba contando, Casanova no ceja en su empeño. Anda aproximándose a la cuarentena y, como les suele pasar a esas edades a muchos hombres, necesita demostrarse a sí mismo que el tiempo no pasa para él. La mejor forma de conseguirlo es, sabido es de sobra, seguir siendo atractivo para el sexo opuesto. Bueno, en estos tiempos que corren, mucho más cutres que los de Casanova, el truco consiste en comprarse una moto de alta cilindrada que, según dicen, produce una sensación de fuerza genésica que como que vas a dejar a las mujeres turulatas. Pero a lo que iba, que, a la sazón andaba intentando ligarse a una adolescente aristócrata que vivía con su familia tronada en un castillo a las afueras de Milán. Como la niña era aficionada a leer y escribir, opta por comprarle una selección de libros que al él le parecen el no va más. Con tan fausto motivo nos hace unas digresiones literarias que demuestran a las claras que no por ser un mujeriego empedernido deja de tener una formación y una sensibilidad fuera de lo común. Les traigo esto a colación porque, de pronto voy y me topo con una reflexión que me pega de lleno y que, en parte, pienso, explica esta propensión al aislamiento que ha ido ganando fuerza a medida que los años se me iban acumulando peligrosamente. Transcribo:
"Si tengo algún lector, le pido perdón por estas digresiones. Deben recordar que estas memorias fueron escritas cuando ya era muy viejo, y los viejos siempre son reiterativos. La vejez vendrá también para ellos y, entonces, entenderán que si los viejos se repiten mucho es porque viven en un mundo de recuerdos, sin presente y sin futuro."
En mi juventud a estos síntomas demoledores les etiquetábamos como síndrome del Abuelo Cebolleta. Ahora no sé cómo le dirán, pero, por menos de nada, cualquier joven te suelta que no te quedan ni dos telediarios. ¡Ni te digo los años que hará que no veo uno! Pero, en fin, el caso es que a la vejez no hace falta liquidez, como sostienen mi hermana y sus amigas, sino la lucidez suficiente para hacer lo de aquel personaje del novelista Narayama que evitaba todo tipo de reunión familiar o de cualquier tipo y disfrutaba viendo la puesta de sol desde su cuarto mientras cenaba un plato de arroz y escuchaba a lo lejos los gritos de los niños que jugaban.
La naturaleza que, según dicen, es sabia, sabrá por qué tiene dispuesto que los viejos tengamos tendencia a conservar solo la memoria lejana. Se nos olvida lo que hicimos ayer y recordamos perfectamente las travesuras de nuestra infancia. Por así decirlo es prácticamente imposible fabricar nuevos recuerdos. A eso se le llama no tener presente. Y como futuro, tampoco, solo nos queda la opción de vivir en el pasado: recordando. Y los recuerdos, no lo pierdan nunca de vista, siempre se toman a beneficio de inventario... es decir, que suelen ser más falsos que los duros a cuatro pesetas. O sea que, eso, que la opción más inteligente y noble en tales situaciones es la del personaje de Narayama: pura sensualidad... la puesta de sol, el plato de arroz, los gritos de los niños a lo lejos.
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