sábado, 18 de noviembre de 2023

Disimulo

Lo que no puedo entender es la mansedumbre con la que Aquiles entregó a Briseida a los emisarios de Agamenón. Si la requisa hería tanto su amor propio, lo más lógico hubiera sido poner algún tipo de resistencia. Pero no, simplemente dijo, Patroclo, ve a por Briseida y entrégasela a estos señores. Después, todo el poema épico, fundador y más trascendente de la historia de la literatura, gira alrededor de ese hecho absurdo. Porque todo hace suponer que Aquiles entrega a Briseida a la primera de cambio con la única excusa de tener una justificación para su cólera, la más proverbial de que tenemos noticia. 

Y es que la cosa tiene mucha más miga de la que a primera vista pudiera parecer, que no por otra cosa es que el asunto llegue a las más altas instancias del Olimpo donde produce agrias controversias entre sus miembros. Y es que la cuestión se las trae: el abuso de poder. Porque ¿es que es posible mantener el poder sin abusar de él? No, desde luego que no parece que el poder abuse por capricho sino más bien por necesidad. La experiencia demuestra que un poder basado en la justicia no dura dos días, por la misma razón que con la verdad por delante no se llega a cien metros más allá, según afortunada expresión del profesor García Maestro. El respeto a los poderosos se fundamenta en el miedo que engendra su arbitrariedad. Por eso todo poder, por pequeño que sea, tiene una propensión instintiva a ser arbitrario de vez en cuando. 

Tetis, hija de Nereo y madre de Aquiles, se va a ver a Zeus para pedirle que vengue a su hijo. Se abraza a sus rodillas y le mesa las barbas. Ella sabe que Zeus le debe algunos favores y Zeus tampoco lo olvida. Pero no quiere que su mujer Hera los vea juntos porque, entonces, sabe que le montará un pollo. Cosas de mujeres que, con toda la razón del mundo, nunca se sienten seguras de sus relaciones de pareja.  Por eso están siempre al acecho y se enteran de todo. Y no se andan con remilgos de honestidad, ecuanimidad y demás mandangas: a Hera le basta con saber que Zeus apoya las pretensiones de Tetis para ponerse automáticamente del lado de Agamenón. Y aquí es donde se empiezan a enmarañar las cuestiones personales con las generales. Porque sí, a este hijo de puta le voy a atar en corto, piensa Hera, pero como no es tonta tiene que razonar su decisión y es ahí donde entran en juego las reflexiones sobre el poder. ¿Qué va a pasar en el campo aqueo si por la invisible intercesión de Zeus el rey Agamenón es ninguneado por su subalterno Aquiles? Porque si algo sabe el que manda es que con que solo uno se te suba a las barbas es más que suficiente para que se produzca la reacción en cadena que desmorona todo el edificio del poder.

Pocas habrán dado tanto de qué hablar en este mundo como la cólera de Aquiles. Incluso creo recordar haber leído una novela con ese título.  La cólera siempre es irracional y nunca se suele quedar sin consecuencia. A Aquiles le costó la vida de su amado Patroclo. Si hubiese sido un poco más evolucionado hubiera actuado al modo que le recomendó su padre a la Raquel: "pero sea con disimulo, Raquel / no armes la venganza con la amenaza / sientan el golpe los que te ofendieran / antes que el amago de tus iras". 

El poder, la injusticia, la cólera, la venganza... poco a poco nos hemos acostumbrado a convivir con todas estas pasiones como si fuesen nuestras mascotas. A todo reaccionamos con disimulo y en eso consiste, precisamente, lo que llamamos civilización. 


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