miércoles, 1 de noviembre de 2023

Jalogüin

Ayer, ya anochecido, llamaron a la puerta. Eran cuatro niños perfectamente disfrazados para la ocasión que venían a lo de "truco o trato". Sus padres estaban detrás mirando sonrientes. Afortunadamente había sido previsor y tenía unas mantecadas en la despensa. Di una a cada niño y se fueron contentos a proseguir su ronda. Éste es un asunto que forma parte de la ritualización de la vida, algo que la humanidad viene haciendo desde la noche de los tiempos porque seguramente intuye que es la única forma de que no andemos por ahí matándonos los unos a los otros. Por eso me parecen ridículas esas descalificaciones de los puristas por aquello de que esta celebración forma parte de la colonización cultural del imperio. Hasta un tonto sabe que cuando cuaja un nuevo rito es porque ha venido a llenar el hueco que dejó el que se apagó por ineficaz, por ejemplo, el de la misa. Antiguamente a misa se iba, entre otras cosas, a dejarse ver con las mejores galas. Era un lugar para marcar diferencias y por tanto un gran activador del comercio local. Es impensable que se pueda mantener un rito si no activa el comercio, y no por nada, sino porque el comercio es la forma más efectiva de interrelacionar a las personas al margen de toda sospecha. No hay mediador social que se pueda comparar al comerciante. 

Sea como sea, el caso es que los ritos relacionados con la muerte siempre han tenido mucho tirón. Los romanos ponían una moneda en la boca del muerto para que pudiese pagar con ella a Caronte que era el barquero encargado de pasar a los muertos al otro lado del río Leteo. Supongo que aquellas monedas siempre acababan en el bolsillo de los salteadores de tumbas, que siempre los hubo. Yo tuve un paciente que era el sepulturero de un pueblo de aquí al lado. Un convecino suyo, con el que hice alguna amistad, me contó que el tal sepulturero, una vez enterrado el finado, esperaba a la noche para desenterrarlo, abría el ataúd y colocaba la cabeza del muerto de la forma más adecuada para poder darle un golpe con la pala que hiciese saltar los dientes, porque se daba por entonces la circunstancia  de que mucha gente se ponía dientes de oro cuando se le estropeaban los naturales. Por lo visto aquel sepulturero se gastaba el oro en pagar a los brujos que prometían curarle la tuberculosis para la que los médicos no encontraban remedio. Así de chuscas son las cosas de esta vida. 

Y eso por no hablar de los mejicanos que, tal día como hoy, van a los cementerios en plan romería. Quizás esta fiesta de los muertos sea para ellos la más importante del año. Arreglan las tumbas, les ponen flores... seguramente es una versión barroca, como todo lo suyo, de una costumbre que les llegó de España cuando lo del imperio. Pero el caso es que el Vicecónsul del Reino Unido en Cuernavaca contemplaba desde la terraza del hotel, en la que se reponía de una partida de tenis, la citada romería en el cementerio y, eso, le hacía reflexionar sobre su adicción alcohólica. En realidad, no hacía otra cosa que reflexionar sobre esa adicción que le condicionaba la vida de tal forma que ni siquiera le permitía lleva calcetines a causa de las polineuritis inherentes al alcoholismo. Así todo, el Vicecónsul consiguió dejarnos una novela sobre el día de los muertos en México desde la perspectiva de un adicto desesperado que, ¡Dios mío!, por solo comprobar lo que pueden dar de sí veinticuatro horas cuando la cabeza es un hervidero, merece, y mucho, la pena pararse a leerla. 

Eso sí, a los niños del truco y trato no creo que se les pasase ni un instante por la cabeza la idea de muerte. Ellos se limitaban a disfrutar de ser el centro de la atención por un rato. Y bien está que a los niños se les preste atención, pero pienso que quizá fuese mejor hacerlo sin que ellos lo noten. Porque, ¡joder!, qué racha llevamos, si no son los padres, son los monitores, el caso es que los pobres chavales no puedan andar a su bola un minuto, no vaya a ser que les pase algo... como si uno pudiese llegar a algo si antes no le pasan montones de cosas desagradables. Por lo demás, el día ha amanecido lluvioso, como para dar color a la festividad que nos traemos entre manos. 


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