El estar del lado correcto de la vida, esa quimera que se ha llevado por delante a media humanidad para que la otra media pudiese comer. Porque los campos nunca dieron para alimentar a tanta gente como la capacidad genésica de la especie puede producir. Se inventaron los tractores, los glifosatos y demás, que multiplicaron la producción de alimentos y, con la misma, como por ensalmo, se multiplicó la capacidad genésica de la especie. Quedamos como estábamos, es decir, a merced de las guerras para establecer una relación favorable entre la producción de alimentos y el número de personas.
Como todo esto es muy bestia, ahí es donde entra el lado correcto de la vida para dulcificarlo: yo no te mato porque me quitas la comida sino porque estás equivocado. Tu dios es una filfa y el mío el verdadero. Parece un juego de niños, pero así ha funcionado siempre. Funcionado a las mil maravillas. Que bien se han preocupado los poderes de construir templos para evitar que la relación del hombre con la divinidad nunca fuese personal sino colectiva y regulada por el dogma.
Regular por el dogma es a lo que se llama religión. Si toda la humanidad se rigiese por la misma religión, como por otra parte parecen pretender los que las practican, El catolicismo se califica a sí mismo de ecuménico, lo que quiere decir que su pretensión es que no quede nadie fuera de su égida, coraza o escudo, para que nos entendamos. Yo soy la verdad y la vida, etc., ect.. Una solemne necedad todo ello, porque si todos estuviésemos cubiertos por el mismo manto sería imprescindible inventar otras patrañas para justificas las necesarias matanzas.
Ya casi acabo El Gallardo Español de Cervantes. Se desarrolla en Orán, siglo XVII, cuando el imperio turco le disputaba al español el dominio del mediterráneo. Una historia de moros y cristianos que son tal para cual. Como personas se entienden entre ellos divinamente. Pero, ¡ay!, cuando están en lo mejor salta el dogma a la conciencia para recordarles que se tienen que matar entre ellos. Verdaderamente, lo mágico de todo esto es, no solo los mecanismos que pone en marcha la naturaleza para mantener los equilibrios que la permiten perpetuarse, sino también el arte que se da para encubrir la crudeza de sus motivaciones con milongas filosóficas. A los palestinos su religión no les permite razonar y por eso nos hacen la vida imposible, dicen los judíos. A los judíos la soberbia que emana de su religión no les deja ver la realidad y nos matan como a conejos, dicen los palestinos. Razones, desde luego, no les faltan para matarse los unos a los otros. Claro que, si no quisiesen estar todos en el mismo sitio, o aquello fuese más rico y grande, o fuesen muchos menos de los unos y los otros... en el fondo, y también en la superficie, aquello de Palestina no se diferencia mucho del Serengueti: comer y no ser comido. No hay más filosofía cuando la naturaleza se pone hostil.
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