Pocas metáforas habrán tenido más fortuna que la evangélica del pastor y sus ovejas. Y es que quizá haya pocas formas de explicar la realidad social más cómoda y sofística que la que divide a los seres humanos entre los dotados para pastorear y los que solo pueden sobrevivir si son pastoreados. Eso sí, siempre con el lobo como telón de fondo, porque, si no, la ecuación no tiene sentido. Así, en definitiva, es como se viene considerando que funcionan las cosas desde que el cristianismo se hizo con el cotarro. Luego, ya, sus herederos, los comunistas, rizaron el rizo. Estos, no te sueltan de la mano ni cuando estás cagando. Porque es que, ellos, también para eso tienen una fórmula mejor que la que tú empleas.
Pensaba en estas cosas cuando, anoche, María me estaba contando que está leyendo una versión de Quijote escrita por un tal Trapiello en la que, gracias a Dios, no hay que esforzarse nada para leerla. Ha sido expurgada de todo lo que exigía un rato de reflexión para captar su sentido. El tal Trapiello, como hacen algunos animales con sus crías, entrega a los lectores el alimento masticado y salivado para que hasta los más delicados cerebros lo puedan digerir.
Un lince, sin duda, ese Trapiello. Hace muchos años leí una novela suya que no era nada del otro mundo, pero que me hizo gracia porque se desarrollaba en el Valladolid de cuando anduve por allí haciendo el ganso en vez de dedicarme a estudiar como hubiera debido. Anyway, la novela hizo fortuna y, a partir de ahí, la prensa socialdemócrata, que es toda la prensa, se encargó de mantener en el candelero al autor escribiese lo que escribiera. Porque, simplemente, era de su gusto. No por nada, sino porque se le notaban las dotes para el pastoreo.
Pues sí, este Quijote de Trapiello, que hace las delicias de María, yo ni entro ni salgo, porque allá cada cual con el lado de la ecuación en el gusta colocarse. Pero para mí que es una muestra perfecta de lo que se estila en estos tiempos que corren, es decir, en los que, como les decía, hasta para cagar te llevan de la mano. Las ovejitas nunca fueron tan dóciles, y los pastores tan lobos. Como en aquella novela, creo recordar que se titulaba La Posada de Jamaica, en la que el pastor encaramado en el pulpito, mientras lanzaba su moralizante arenga, dibujaba a la feligresía con cabezas de cordero y, así mismo, con una de lobo. Una novela muy edificante, por cierto, porque cuando las ovejitas se entienden con el lobo, cualquier cosa que hagan es del agrado de Dios. Mis tías, las de Logroño, llamaban a eso negocios permitidos por la Iglesia... pero esta es una historia en la que no voy a entrar ahora.
No hay comentarios:
Publicar un comentario