sábado, 11 de noviembre de 2023

El poder

Ayer comencé a revisitar la Ilíada. La magia de este tipo de libros es que cada vez que les lees te parecen más intensos. Es el primitivismo, esa característica de la condición humana que nos hace auténticos. Sin dobleces, sin cinismos, a rostro descubierto. A dos pasos de la condición animal en estado puro. 

Pareciera que, con el paso de los siglos, nos hemos colocado muy lejos de eso, pero solo es una ilusión. Miras a tu alrededor con un poco de detenimiento y compruebas que de Homero para acá no hemos evolucionado un ápice: entre los humanos, como seguramente es en todas las especies, todo consiste en relaciones de poder. No hay forma de escapar a eso por más que todos los constructos que llaman ideologías nos quieran convencer de lo contrario. En definitiva, el que detenta el poder es el que se las folla a todas. Y de eso va la Ilíada, de que Agamenón se las folla y a Aquiles solo le queda el recurso a la cólera. Con lo poderoso que es Aquiles, pero, ya ven, lo es menos que Agamenón. 

Y así estamos, bombardeando poblaciones civiles, y no porque haya especial interés en matar gente, ni mucho menos, sino porque hay que dejar claro quién es el que manda aquí. Una vez humillados los que intentaban subirse a las barbas ya está allanado el camino hacia la satisfacción de los deseos. Es algo completamente infantil, esa edad de la vida en la que solo se ve de cerca y se desconoce que hay unos dioses que juegan con nuestro destino poniendo un especial interés en castigar nuestra soberbia. 

Poder, infantilización, soberbia y destrucción. Por ese orden. No hay forma de escapar a esa maldición divina. Es el triste tránsito de la ilusión que es todo poder a la realidad que es la inevitable destrucción. Y todo, como decía el protagonista de La Chica de Rojo, por echar unos cuantos polvos de más; la verdad, no creo que merezca la pena, concluye. Y esa es la tragedia, que los dioses apenas crean gentes capaces de darse cuenta de lo que merece y no merece la pena. 

En fin, la condición humana que es que a veces parece que es obra de nuestro peor enemigo. Menos mal que uno se mete en la cocina y se olvida de todo: voy a hacer humus; y con el caldo de los garbanzos una sopa juliana de las que se la levantan a un muerto, valga la redundancia.  

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