Estoy leyendo un libro de Azorín que se titula Pueblos. Va de la burguesía de los pueblos a comienzos del siglo XX. Todos los personajes llevan el Don por delante. Viven relajados en medio de su rutina. El casino, tomar cuentas al administrador se sus fincas, casar a sus hijas, porque según Azorín, todos tienen hijas, y solo hijas; y todas esbeltas y rubias, y con los ojos azules. Luego vienen las fiestas del pueblo y es la apoteosis. Y el va por allí, y los conoce a todos, y se lleva de maravilla con ellos, y charla con el herrero mientras suena la música de los martillos sobre el hierro candente y, entonces, comenta, como de pasada, sobre la belleza que, piensa, debiera ser eterna.
Había leído a Azorín por aquellos tiempos de Maricastaña cuando no me podía perder nada y de nada me enteraba. Ahora lo disfruto. Porque me enseña que no hacen falta grandes argumentos. Todo sirve cuando la sintaxis es correcta. Sin florituras. En definitiva, es una escritura que se debiera recomendar para antes de irse a la cama.
Esto de a qué te dedicas antes de ir a la cama es un asunto que ha ido cobrando importancia a medida que me iba haciendo viejo. Ya hace mucho que, ni por asomo se me ocurre ir por ahí de cena. Ni tampoco ver películas o cualquier otra cosa en la televisión. Solo ensoñar con novelas de gente corriente a la que le ocurren cosas corrientes. Aburridas, si quieren. Pero es que dormir pasablemente es la clave del éxito a estas edades. Luego, por la mañana, me levanto como una rosa, completamente olvidado de lo poco que me queda.
Y, entonces, sí, por la mañana siento como si fuese joven, es decir, intento aprender algo que se supone me va a facilitar el futuro. No sé, por ejemplo, ayer, me mandó Santi un manual de álgebra que está leyendo él y que le parece de perlas. Estuve un buen rato ojeándole y a mí también me lo pareció. La endemoniada álgebra. Te pone el coco como una moto. Como la geometría, que me tiene más enganchado que en su día lo hicieron los porros... o los culitos prietos. ¡Ay, cómo somos los humanos! Hasta el último suspiro sentimos como si fuésemos eternos.
En fin, lo que quiero decir es que, toda esta mierda que señorea el mundo es la misma de siempre y recrearse en ella es de idiotas. Lo que tenga que pasar pasará y Dios quiera que no se nos lleve por delante. Y, mientras tanto, vivir como los personajes de Azorín, con la cotidiana dosis de aburrimiento, y también de alegría, que proporciona lo que a uno le concierne de cerca... porque lo de lejos solo sirve para perturbarte el sueño sin sacar nada a cambio.
Bueno, me voy a hacer el humus que ya están los garbanzos cocidos.
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