Conversando con mi hermana el otro día, me decía que es muy frecuente que, cuando a una persona le surge de improviso una enfermedad, tenga propensión a achacárselo al haberse inyectado la vacuna de marras. Desde medios oficiales, que son todos, excepción hecha de las redes sociales, ni mencionar la más sangrante escabechina que nunca hizo poder alguno. Se multiplican las publicaciones científicas que demuestran dejando muy pocos resquicios a la duda el efecto pernicioso, sin paliativos, de esa vacuna. La foto que les muestro, tomada de un trabajo japonés recientemente publicado, representa la diferencia de muertes entre vacunados y no vacunados en el año posterior al comienzo de las vacunaciones: vacunados en rojo, no vacunados en verde. Diez y ocho millones de diferencia. ¿Qué son diez y ocho millones para la burrocracia que gobierna? Al parecer, nada de nada.
Me seguía diciendo mi hermana, que la procesión va por dentro. La gente saca a relucir la pandemia a la primera de cambio. Se ha convertido en una referencia temporal del mismo calibre que Jesucristo; ahora, cualquier acontecimiento que se relate, exige ser ubicado temporalmente en un antes o un después de la pandemia. Una pandemia que, todo hay que decirlo, fue de características sorprendentes, ya que, por mucho que indagases, no conseguías conocer a alguien que tuviese noticia de algún muerto entre sus familiares y conocidos. Fue al año de aquel montaje mediático sin precedentes, cuando empezaron las vacunaciones, que se produjo el baile de muertes. La redes sociales se hicieron eco de inmediato; los medios oficiales todavía siguen, erre que erre, negando la mayor.
Personalme, no tengo noticia, y eso que he leído un montón de libros de historia, de que nunca en el mundo pasase algo parecido. Ahí siguen gobernando los causantes del desastre como si con ellos no fuese la cosa. Por alguna extraña razón, la gente, que en su inmensa mayoría está convencida de que fue engañada, no siente necesidad de pedir cuentas. Es todo igual de gracioso que lo de aquella novela de Diderot: Jacques el Fatalista; la mortandad de las vacunaciones estaba escrita en el Grand Rouleau y nada hubo que los humanos hubieran podido hacer para impedirlo. Supongo que, andando los siglos, el asunto éste de las vacunaciones, será estudiado en las facultades de las ciencias del espíritu como el acontecimiento más sorprendente de la historia de la humanidad en lo que hace a manipulación de las conciencias. ¡Y mira que hay tela que cortar al respecto!
El caso es que ahí están personajes como Alexandra Henrión-Caude, Dr. Malone, Dr. Michael Yeadon, Dr. Malhotra... la lista de los que fueron eminencias hasta que comenzó el circo es considerable, y, de la noche a la mañana, sin saber cómo, su biografía en la Wikipedia paso a ser la de unos villanos tirando a oligofrénicos. Pero ellos siguieron ahí, en redes, advirtiendo de la monstruosidad del engaño. De nada sirvió: si cien mil millones de moscas comen mierda, tiene que ser porque la mierda es rica.
Así y todo, que nadie se llame a engaño, porque la justicia divina es implacable; tarde o temprano se producirá la catarsis que ponga las cosas en su sitio para que la gente pueda sosegar por una temporada. Hasta que el personal no vea pagar a los culpables del desastre tendrá excusas más que suficientes para hacer de su capa un sayo; así es como se produce el deterioro moral de las sociedades, cuando el poder no paga por sus errores. Todos los textos sagrados, empezando por la Biblia, así lo atestiguan.
En fin, como les iba diciendo, la libertad es el más precioso don del que nos proveyeron los cielos. Y es precioso, sobre todo, porque nos da derecho a equivocarnos sin que por ello tengamos que sufrir menoscabo, a condición, eso sí, que nos confesemos a nosotros mismos nuestro error, tengamos nuestra dosis de contrición y, last, but not less, sepamos satisfacer con obras el mal que contribuímos a causar con nuestra zoquetería. ¡A qué estamos esperando!
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