jueves, 21 de agosto de 2025

Pictima y confortativo

Ya estoy en la recta final de El Quijote y eso me entristece porque quisiera que no se acabase nunca. Espero que los cielos me concedan vivir lo suficiente para volver a leerlo tras una breve pausa para desengrasar, pero, de no ser así, me iré ahíto de inteligencia en su forma más pura, el sentido del humor, que no otra cosa es lo que trasciende de todas sus páginas sin perdonar una sola. El caso es que les traigo a colación -no es la primera ni la segunda vez que lo hago en mis blogs- las reflexiones que Don Quijote le hace a Sancho a propósito de la libertad tan pronto como abandonan el castillo de los duques en donde han estado una temporada dando espectáculo -en el fondo Don Quijote y Sancho son una compañía de cómicos de la legua-. Si yo tuviese poder para ello, mandaría gravar en piedra esas reflexiones y las haría colocar en el lugar más visible de las plazas mayores de todas las ciudades y pueblos del país. Transcribo:    

"Cuando don Quijote se vio en la campaña rasa, libre y desembarazado de los requiebros de Altisidora, le pareció que estaba en su centro y que los espíritus se le renovaban para proseguir de nuevo el asumpto de sus caballerías, y volviéndose a Sancho le dijo:

—La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertadI así como por la honra se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres. Digo esto, Sancho, porque bien has visto el regalo, la abundancia que en este castillo que dejamos hemos tenido; pues en mitad de aquellos banquetes sazonados y de aquellas bebidas de nieve me parecía a mí que estaba metido entre las estrechezas de la hambre, porque no lo gozaba con la libertad que lo gozara si fueran míos, que las obligaciones de las recompensas de los beneficios y mercedes recebidas son ataduras que no dejan campear al ánimo libre. ¡Venturoso aquel a quien el cielo dio un pedazo de pan sin que le quede obligación de agradecerlo a otro que al mismo cielo!

—Con todo eso —dijo Sancho— que vuesa merced me ha dicho, no es bien que se quede sin agradecimiento de nuestra parte docientos escudos de oro que en una bolsilla me dio el mayordomo del duque, que como píctima y confortativo la llevo puesta sobre el corazón, para lo que se ofreciere, que no siempre hemos de hallar castillos donde nos regalen, que tal vez toparemos con algunas ventas donde nos apaleen."

Sancho va feliz con la paguita que le han dado los condes; no se le alcanza que se lo ha ganado con creces. Es como cuando toda esta chusma que campea por el mundo hace uso y abuso de todo lo que los Estados proporcionan aparentemente gratis. No se les alcanza a los pobres todo lo que han tenido que pagar y están pagando por ello. Así queda el ser humano cuando le han robado la libertad, con la cabeza hecha un guiñapo. Todas esas fiestas y eventos y centros cívicos y demás mierdas que organiza y proporciona el poder es para el populacho la misma píctima y confortativo que para Sancho han sido los doscientos escudos. Don Quijote, por contra, que se siente individuo, ni siquiera se acuerda del dinero; solo aspira a trascenderse, para lo cual, como primera condición está la de sentirse libre. Trascenderse o no trascenderse, esa es la cuestión. Dejar rastro o no dejarlo. La posteridad juzgará y tus herederos gozarán o padecerán las consecuencias de ese rastro. 

 En fin, da para tanto el asunto de la libertad que mejor será dejarlo para que cada uno extraiga sus propias conclusiones. ¡Allá cada cual con cómo siente su propia realidad! 

    

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