miércoles, 27 de agosto de 2025

Hay un mundo ahí fuera

 
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Cortesía de Un Besi de Fresi


El señor Besi de Fresi tiene razón cuando tilda de lerdos a los rojos. Lo que no nos dice es de qué color es él, porque si es que es de alguno, que puede que sí, entonces estamos en las mismas. En el colegio al que fui de niño teníamos que ser, ya azules, ya amarillos; todos los años había un festival en el que ambos colores competían en diversos juegos y deportes. Era un día muy especial porque venían todos los padres -menos los míos- a verlo. Sin duda, con lo de los colores, se pretendía inculcarnos el sentimiento de pertenencia a un grupo enfrentado a otro grupo; no recuerdo de qué color era yo ni nadie; pienso que los niños teníamos muy poco interés por aquellas distinciones. Años después, con motivo de una adolescencia tardía, y supongo que adoctrinado por la moda imperante, anduve coqueteando con ideologías igualitarias. Pero me duró poco. De hecho, no recuerdo haber ido a votar más de una vez en toda mi vida. La primera creo, cuando salió elegido Felipe González; me duró el encanto menos que un caramelo a la puerta de un colegio. Y más, que hice una lectura de "La Rebelión de las Masas" de Ortega muy en los comienzos del periodo, digamos que democrático. Escribe Ortega en el prólogo que hace para la edición francesa: 

"Ser de izquierda es, como ser de derecha, una de las infinitas maneras que el hombre puede elegir para ser un imbécil: ambas, en efecto, son formas de hemiplejia moral." 

Pocas cosas he leído con las que pueda estar más de acuerdo. Derechas e izquierdas, como azules y amarillos, no es más que lo de aquella canción de Santana: Let the Children Play (deja que los niños jueguen). Mientras los niños están jugando no se enteran de que hay un mundo ahí afuera. Todos los partidos políticos quieren lo mismo: que los niños no se hagan mayores. Es lo que se llama estatismo, la peor tiranía de todas como ya les advirtió el profeta Samuel a los judíos cuando estos le dijeron que querían un rey para ser como los demás pueblos. 

Y ese es el caso, que la inmensa mayoría muere sin haberse enterado de que hay un mundo ahí fuera en el que la gente respira porque no lleva corsé. Es el mundo de los negacionistas, herejes, misóginos... todos esos insultos que tan de moda se pusieron hace unos años cuando los curas se dieron cuenta de que unos cuantos niños habían saltado la verja y andaba por ahí a su bola. Saltar la verja, quitarse el corsé, curarse la hemiplejia... Gracián lo llamaba: saltar por el portillo del caer en la cuenta; el que quiere, puede, añadía. Y ese es el asunto, que parece que son muy pocos los que quieren abandonar los parques infantiles. ¡Se está tan seguro en ellos! 

En fin, ni hay mal que cien años dure, ni cerdo al que no le llegue su San Martín. Cualquier día la gente se levantará con la cabeza despejada y se dirán los unos a los otros: ¿te acuerdas cuando íbamos a votar? ¡Pero qué lerdos que éramos! Y entonces habrá el típico orden espontáneo que es el propio del mundo que hay ahí fuera. 

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