sábado, 16 de agosto de 2025

Esperando a Pelayo

Como les iba contando estos días pasados, ando medio enfrascado en los romances que hacen referencia a la invasión musulmana de la Península Ibérica. Una vez más se cumple aquel precepto que hizo famoso la película "El hombre que mató a Liberty Wallace: si la leyenda es mejor que la realidad, nos quedamos con la leyenda. Supongo que el noventa y nueve con nueve de toda la historia que hemos estudiado en la escuela está contaminada por ese precepto. Al final, resulta que estamos llamando historia a lo que solo es literatura en su versión propaganda. Bueno, quizá la literatura no pueda tener otra versión que no sea la de la propaganda; siempre, detrás de toda creación subyace un deseo, o necesidad, de convencer de la bondad de una idea. 

Esa obsesión, que ya nos viene de Homero, de contar la historia por medio de leyendas no es algo que sea así porque sí; Homero se montó todo lo de Helena, Briseida y demás coños prodigiosos porque había que convencer -los coños siempre convencen- a los griegos de que exterminar a un pueblo por tal de dominar un paso clave para las rutas comerciales estaba plenamente justificado. La leyenda es, por así decirlo, una parábola: tiene sus enseñanzas morales. Si te saltas las leyes no escritas del cielo -robarle la mujer al prójimo, en este caso- es inevitable que el cielo se tome la justicia por su mano. Así, el exterminio de los troyanos fue justicia divina que utilizó a los griegos como herramienta. 

Con lo de la invasión musulmana de España estamos en las mismas: otro coño prodigioso, La Cava, para disfrazar de justicia divina una realidad poco edificante, la de una sociedad decadente, degenerada moralmente, consecuencia de lo cual se había ido vaciando el territorio. Es muy probable que cuando Tariq pasó el Estrecho con sus tropas, ayudado o no por el conde Don Julián, ya hubiese muchos musulmanes establecidos por la cuenca del Guadalquivir. Así que todo lo de La Cava, su padre el conde don Julián, el corrupto rey Rodrigo, y demás, no es más que la leyenda en forma de parábola para que el pueblo llano entienda con facilidad que la justicia divina es implacable, es decir, que el que la hace la paga. 

Y en esas es en las que estamos. Un pueblo degenerado que no quiere tener hijos se pasa el día llorando porque nos vuelven a invadir los moros. ¡Pues qué esperaban! Hay que ser muy tonto para no comprender que todo vacío es un polo de atracción. Y es que, además, el no tener hijos trae aparejado el abandono... ¿por quién vas a luchar? Para cuatro días que voy a estar aquí no merece la pena molestarse por nada ni por nadie. Un mundo, éste, lleno de Cavas, Rodrigos y Don Julianes. Y, de momento, a un Pelayo, ni se le ve, ni se le espera. Y menos mal que aquí, en la Cornisa Cantábrica, seguimos jugando a los bolos. Algo es algo... reserva espiritual.        

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