sábado, 2 de agosto de 2025

Maestro Kamba


Hay en el barrio una colonia africana considerable. Son, por una parte, las tripulaciones de los barcos pesqueros y, por otra, obreros de una fábrica de componentes metálicos. Es gente pacífica que gasta sus ocios en los bancos de los parques y paseos. Nunca los verás en los bares. En pequeños grupos, chacharean y, sobre todo, miran sus teléfonos; es prácticamente imposible ver a alguno sin el móvil en la mano. Al maestro Kanba creo que le tengo localizado; es un hombre alto, corpulento, con la cabeza afeitada, atuendo africano discretamente vistoso y, siempre, pasando las cuentas de un rosario de considerables dimensiones. En conjunto, un hombre elegante y siempre solitario como corresponde a su dignidad. 

Y eso es lo bueno del caso, que cuanto más pensamiento mágico, más elegancia. Hay también un chino que tiene un pequeño garito de acupuntura que no le va a la zaga al maestro Kanba en lo que a elegancia hace. Le veo pasear con su señora por el muelle y me da la sensación de estar en cualquiera de los paseos marítimos de la riviera italiana: pura elegancia decontracté. 

El maestro Kamba, si hacemos caso del folleto con el que se anuncia, vendría a ser algo así como Dios. O sea, una cuestión de fe: crees o no crees; si crees te salvas; si no crees, de patitas al infierno. Más o menos, lo que han venido haciendo todas las religiones desde que el mundo es mundo. Y eso es lo sorprendente de este asunto, que funciona. Digamos que la relación con lo mágico es la esencia de nuestra estabilidad anímica. Llamémosle temor de Dios o Gran Poder Africano, el caso es que, sin creer en una fuerza superior que, a la postre, vendrá a hacernos justicia, la vida se nos haría insoportable. 

Ese es el asunto, que estamos en medio de una oleada, o sunami, antiilustración. Y es que ya quedó meridianamente claro que la ilustración tampoco resuelve nuestros problemas. Incluso, puede que acaso los agrave. Es todo muy discutible, pero lo de que el conocimiento no aminora el miedo, eso es una realidad palpable. No sé, en fin, yo miro por ahí, y tengo la sensación de que la marea de superstición no cesa de subir. Por algo será. 

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