jueves, 28 de agosto de 2025

Papiroflexia

 


Me dice Santi que ha retomado su vieja afición por la papiroflexia y me manda foto del pavo real que hizo ayer. Por lo visto, Unamuno escribió un tratado sobre el tema incitando a practicar ese entretenimiento. Para los japoneses, que lo llaman origami, sin embargo, más que entretenimiento es un arte... o sea, hacer cosas con la pretensión de que vengan los turistas a verlo.  

Papiroflexia u origami, que tanto da como que da tanto, el caso es que, mientras lo estás practicando tienes sorbido el sexo, que no es lo mismo que comérselo o, lo que es más frecuente y perverso, tratar de comérselo a los otros: no hay mayor enemigo de uno mismo y de la especie humana que el tener la cabeza desocupada.  

Recuerdo que, de muy niño, hacía pajaritas, carros, aviones y otras cosas, supongo, de papel; de ahí nunca pasé, pero el gusto por hacer pajaritas o aviones, nunca se me quitó. Cuántas veces estando sentado en la mesa de una cafetería no habré cogido el tiquet de la consumición y hecho una pajarita con él. O un avión, para  comprobar, después, si funciona: todo un reto. Pero, claro, de ahí al pavo que les muestro en la foto hay todo un universo: el que hay entre una afición y una pasión. O, ya puestos, entre el entretenimiento y el arte. 

Vivir apasionado por lo que sea es tanto como ser inmune a los males del mundo. Comentábamos ayer el caso de Arquímides: le llegó la muerte en forma de ejército invasor mientras trazaba rayas en la arena de la playa intentando descubrir un nuevo teorema. El apasionado está en posesión de la mayor virtud que se puede concebir en un ser humano: no meterse en la vida de nadie. 

Bueno, les diré que ya consigo tocar Libertango de corrido, pero, ¡ay, los perinquinosos peros!, ni de lejos consigo que acabe de resonarme en el alma como cuando se lo escucho, por ejemplo, a Ksenija Sidorova... todo se andará si Dios quiere.  

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