miércoles, 13 de agosto de 2025

Apetito de vida

El afán de novedad es uno más de entre los engañosos motores que mueven la economía mundo. Nos pasamos la vida persiguiendo la novedad como si de su hallazgo dependiera nuestra liberación de las penas del infierno que supone la ociosidad a la que estamos condenados por haber robado tanto fuego a los dioses. A veces la necesidad me lleva al centro de la ciudad y veo a esas ingentes masas de turistas estirando el cuello en busca de la novedad liberadora. ¿Qué de nuevo pensarán encontrar estos tipos en un lugar tan anodino como Santander? Al final todos acaban en Los Cien Montaditos comiendo platos gigantescos de patatas fritas y bebiendo cañones que son vasos enormes repletos de cerveza. Esa es su gran novedad y por la que les ha merecido la pena hacer tantos kilómetros. Que nadie se engañe al respecto, todos los lugares son anodinos, es decir más de lo mismo. 

La novedad, claro está, existe; concretamente está dentro de nosotros si es que la sabemos buscar, que no es fácil. por cierto, porque su hallazgo está ligado al sacrificio. Con sacrificio descubres el milagro, o la belleza, que hay en las pequeñas cosas que te rodean y, entonces, sientes una satisfacción pasajera que te ayuda seguir tirando hacia delante. Así todo, por mucho que te sacrifiques y muy bien que hayas aprendido a buscar, el paso del tiempo no perdona; llega un momento en la vida en el que estás condenado, si es que así se puede decir, a la sensación de que ya lo viste todo... todo es repetición; entonces es, quizá, eso que alguno llamó saciedad de vida. 

Les confieso que en muchos momentos tengo esa sensación de saciedad... que también es de abandono. Pero entonces alargo el brazo y agarro la guitarra. ¡Leches, ya me empieza a sonar esto! ¡Esto sí que es novedad! Y noto como si se me estuviera abriendo el apetito de vida. Sí, that is the cuestion, tener o no tener apetito de vida. Llamémoslo también, ganas de sacrificio: aprender una nueva partitura y cosas así.  

En fin, Pilarín, allá cada cual con sus intentos de esquivar la saciedad que, a algunos, quizá la mayoría, les llega a edades muy tempranas... no por otro motivo es que veamos por ahí tantas pulsiones suicidas -perdonen el pleonasmo-; si ya estoy saciado, agarro un avión y, so capa de búsqueda de novedad, me voy al quinto coño que seguro que allí también hay un Cien Montaditos donde atiborrarse de patatas fritas y cerveza.

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