La novedad, claro está, existe; concretamente está dentro de nosotros si es que la sabemos buscar, que no es fácil. por cierto, porque su hallazgo está ligado al sacrificio. Con sacrificio descubres el milagro, o la belleza, que hay en las pequeñas cosas que te rodean y, entonces, sientes una satisfacción pasajera que te ayuda seguir tirando hacia delante. Así todo, por mucho que te sacrifiques y muy bien que hayas aprendido a buscar, el paso del tiempo no perdona; llega un momento en la vida en el que estás condenado, si es que así se puede decir, a la sensación de que ya lo viste todo... todo es repetición; entonces es, quizá, eso que alguno llamó saciedad de vida.
Les confieso que en muchos momentos tengo esa sensación de saciedad... que también es de abandono. Pero entonces alargo el brazo y agarro la guitarra. ¡Leches, ya me empieza a sonar esto! ¡Esto sí que es novedad! Y noto como si se me estuviera abriendo el apetito de vida. Sí, that is the cuestion, tener o no tener apetito de vida. Llamémoslo también, ganas de sacrificio: aprender una nueva partitura y cosas así.
En fin, Pilarín, allá cada cual con sus intentos de esquivar la saciedad que, a algunos, quizá la mayoría, les llega a edades muy tempranas... no por otro motivo es que veamos por ahí tantas pulsiones suicidas -perdonen el pleonasmo-; si ya estoy saciado, agarro un avión y, so capa de búsqueda de novedad, me voy al quinto coño que seguro que allí también hay un Cien Montaditos donde atiborrarse de patatas fritas y cerveza.
No hay comentarios:
Publicar un comentario