Según me han contado, en un pueblo cerca de Bilbao, unos aberzales se han puesto a tirar una cruz por considerarla un signo franquista y, como no podía ser de otra manera, la justicia divina se ha metido por medio y ha dejado a cuatro de los intervinientes en situación de necesitar cuidados intensivos. Indiscutiblemente, Dios ya se ha cansado de soportar tanta majadería; por todos los lados se ven signos de ello. Ya que no me queréis temer por las buenas, me vais a tener que temer por las malas, ha dicho. Claro, se ve que en aberzalandia no leen la Biblia porque, ¡menudo son ellos!, se las saben todas de tanto estar juntos todo el día los unos con los otros tomando potes por los bares. Haciendo patria, que le dicen.
Aberzalandia es la prueba evidente de que lo que no puede ser, no puede ser y, además, es imposible. Ellos se creyeron que violentando las leyes no escritas del cielo se podían salir con la suya y, como está prescrito para tales actitudes, les ha salido el tiro por la culata. Si tiran de estadísticas comprobarán que ninguna comunidad de España ha decaído tanto como ellos -en una década han pasado del puesto uno al noveno-. Y lo que está por venir, porque el asco que dan no puede traer nada bueno en un mundo que vive sobre todo de agradar.
Aberzalandia es un ejemplo de lo que ni puede ni debe ser: que los curas dirijan la política. En realidad, la política no la debiera dirigir nadie porque el único orden viable es el espontáneo; en cuanto nos salimos de él todo se pudre. Y es que salirse de ese orden quiere decir que se ha dejado de temer a Dios... pero ésta es otra historia. A lo que iba es a que cuando los curas mandan en las cosas del Cesar la catástrofe es inevitable. El papel de los curas en este mundo, sean de la religión que sean, no puede ser otro que el muy desagradable de subirse a los púlpitos a recordar machaconamente las obligaciones que tenemos contraídas con Dios por el mero hecho de que nos haya dado la existencia. En el momento en el que un cura cita los derechos en sus sermones, todo el edificio se desmorona. Y ese es el problema, que la política solo se sostiene si se habla de derechos.
Sea como sea, el asunto es que de pronto ha llegado un Papa dispuesto a poner las cosas en su sitio. Nunca más, ha dicho, un cura enumerando derechos desde el púlpito. La Iglesia, ha añadido, es el lugar de la incomodidad. Del sacrificio. Nada de paraíso en esta vida. No estamos aquí, ha proseguido, para adaptarnos a la sociedad, sino para que la sociedad se adapte a nosotros.
Resumiendo, que la justicia divina a veces se demora más de la cuenta, pero es, como dice la Biblia, porque Dios nos quiere poner a prueba. Pero siempre acaba por llegar y, entonces, es cuando los aberzales reciben su merecido: la cruz que querían derrumbar se les vuelve lanzas y manda a unos cuantos a la unidad de cuidados intensivos de Cruces. ¡Que curiosa coincidencia que el hospital en el que han acabado los dinamiteros se llame así! Cosas de Aberzalandia.
A Pepe el yonqui ,famoso drogadicto de la Salamanca ochentera, una madrugada se quiso encaramar a la cruz de piedra del Campo San Francisco, con tal mala suerte que la parte superior se partió cayendo sobre su mano y cercenándosela. Paso a ser "Pepe el Manco, ese que es yonqui" A eso lo llaman en Internet "Karma"
ResponderEliminarDios castiga y no da voces, nos decía mi madre.
ResponderEliminar¡Qué buen refrán!
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