Como quien dice, ya se acabó el verano. Ayer vinieron mis hijas a despedirse; a penas me dedican un rato cuando llegan y otro cuando se van y siempre con la sonrisa puesta. Yo se lo agradezco infinito. Por así decirlo, son unas relaciones paternofiliales civilizadas: yo me preocupo por ellas y ellas se preocupan por sus hijos. Es la cadena biológica que, cuando invierte la dirección, da lugar a todo tipo de patologías. Al respecto, me considero afortunado; vengo de una familia bastante sana en lo que hace al amontonamiento familiar y solo he tenido que seguir la trayectoria que me trazaron mis mayores. En fin, pelillos a la mar.
El caso es que, ya, por fin, he empezado a cogerle el punto a la partitura de Libertango. Me hablaba el otro día un amigo de la necesidad que tenía de aventuras; coger el coche, o el avión, e irse por ahí al quinto carajo. Sí, te comprendo, le dije; yo siento eso cuando me enfrento con una nueva partitura; es un empeño del que nunca sé cómo voy a salir parado. En cualquier caso siempre me supone un derroche de voluntad que me deja exhausto. Así es como me he ido haciendo con un repertorio con el que entretengo las soledades de los largos atardeceres otoñales; en vez de recordar viajes al quinto carajo, como es de suponer hará mi amigo, yo cojo la guitarra y dejo vagar la imaginación por el mar de notas que tengo dentro de la cabeza.
Por cierto, que el otro día me topé con un video del insigne Boadella. En tono pausado explicaba que, mientras la gente andaba de vacaciones, él estaba montando una zarzuela. A mí lo que me divierte es trabajar. La gente se cree que ir por ahí, a los confines del mundo, es el gran privilegio de la época que nos ha tocado vivir; no se dan cuenta de que el verdadero privilegio es estar en casa. Lo que pasa es que como andan todo el día por ahí, gastando dinero, no ahorran para poder comprarse una casa en la que estar a gusto. En realidad, unos de los motores que les impulsa a irse por ahí es el vivir en una casa en la que no se sienten a gusto. Andando por ahí se pierde dinero y tiempo. No aprendes a centrate en algo de sustancia. Sin saber centrarte en algo de sustancia te conviertes en un un vampiro que se pasa el día esperando a que anochezca para ponerse las alas y salir por la ventana a la búsqueda de yugulares.
Claro que lo de la buena casa que dice Boadella es algo muy subjetivo. Porque Pessoa dice lo mismo respecto de lo de ir por ahí a buscar aventuras y vivía en un cuartucho de la Baja lisboeta. El secreto es que tenía una pasión que le mantenía en estado perpetuo de aventura. Lo mismo que a Boadella le pasa con el teatro, le pasaba a Pessoa con la escritura.
En fin, el caso es no vampirizar ni ser vampirizado y, para eso, nada como tener una pasión que te retiene en casa, ya sea la casa una mansión en el Ampurdán o un cuartucho en la Baja lisboeta.
No hay comentarios:
Publicar un comentario