viernes, 29 de agosto de 2025

Ricote

Ricote es un morisco de "en un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme" que fue expulsado de España con todos los de su etnia por Felipe III. El caso es que, por medio de una trama novelesca enrevesada, Ricote se encuentra en Barcelona a la vez que su hija, el pretendiente de su hija, Don Quijote y Sancho. Ricote y su hija, son tan buena gente que el visorrey de Cataluña, que va a ir a la corte en los próximos días, les dice que va a interceder por ellos ante el rey para que se puedan quedar en España. Ricote que es un tipo que tiene sobradamente demostrado que se las sabe todas, contesta al visorrey:

 " —No —dijo Ricote, que se halló presente a esta plática—, no hay que esperar en favores ni en dádivas, porque con el gran don Bernardino de Velasco, conde de Salazar, a quien dio Su Majestad cargo de nuestra expulsión, no valen ruegos, no promesas, no dádivas, no lástimas; porque aunque es verdad que él mezcla la misericordia con la justicia, como él vee que todo el cuerpo de nuestra nación está contaminado y podrido, usa con él antes del cauterio que abrasa que del ungüento que molifica, y así, con prudencia, con sagacidad, con diligencia y con miedos que pone, ha llevado sobre sus fuertes hombros a debida ejecución, el peso desta gran máquina, sin que nuestras industrias, estratagemas, solicitudes y fraudes hayan podido deslumbrar sus ojos de Argos, que contino tiene alerta porque no se le quede ni encubra ninguno de los nuestros, que como raíz escondida, que con el tiempo venga después a brotar y a echar frutos venenosos en España, ya limpia, ya desembarazada de los temores en que nuestra muchedumbre la tenía. ¡Heroica resolución del gran Filipo Tercero, y inaudita prudencia en haberla encargado al tal don Bernardino de Velasco!"

En este pasaje, ya en los últimos estertores de la novela, ha querido Cervantes dar su opinión sobre uno de entre los más espinosos y controvertidos asuntos por los que paso la patria por los tiempos en los que él vivió. 

Les traigo esto a colación porque el otro día me abordó, cuando iba paseando por los muelles del Barrio Pesquero, un tipo de esos que siempre está cargado de razones incontestables que, sin saber a cuento de qué, me espetó, así, de improviso, el desastre que había sido para España el que Felipe III hubiese expulsado a los moriscos -debía de haber visto algo en tele, al respecto-. Yo, por supuesto, le seguí la corriente y, cuando me pareció que ya le había aguantado suficientes tópicos, le dije, haciendo uso de la fórmula que me enseñó Ángel, uno de los proscritos de Alar: "Cambiando de tema, parece que vamos a tener lluvia a mansalva". El tipo que se las da de experto en meteorología, quedó encantado, porque de eso sí que sabe más que nadie. 

Es muy curiosa esta propensión que tienen muchos españoles -generalmente los de la correa, pobre bueno, rico malo- a denigrar todo lo que tiene que ver con la historia de nuestro país. Por eso no es raro que salgan en la televisión estatal tipos -famosillos de izquierda- gritando a todo pulmón que Cortés y Pizarro eran unos genocidas. Sé esto porque esas escenas de la televisión rápidamente son recogidas por los youtubers que luego lo cuelgan en la red, que es donde yo me distraigo de vez en cuando. Me encantan esos alardes de ignorancia mezclados de envidia y resentimiento; es el ser humano en su versión más grotesca en estado puro... lo que llaman "la izquierda".  

Por cierto, que, sobre lo de la expulsión de los moriscos, yo tenía una cierta idea cuando el tipo de marras vino a darme la vara. Recuerdo que me interesé por el tema con motivo de la lectura de las memorias del Capitán Contreras -uno de mis libros preferidos- en las se trata el tema de pasada. Yo diría que la idea que saqué es muy parecida a la que Cervantes pone en boca de Ricote. En cualquier caso fue una decisión muy controvertida, que fue precedida de varios años de debate entre los que se beneficiaban y los que se perjudicaban con la presencia de los moriscos en España. Al final predominó, con muy buen criterio, pienso, la cuestión de la seguridad sobre los beneficios económicos. España estaba entonces en guerra permanente con el imperio otomano y, una parte, no por menor, significativa, de la población morisca, actuaba como quinta columna de los otomanos, facilitándoles con su información las incursiones en la península que eran el pan nuestro de cada día. Así que, al final, no quedó más remedio que cortar por lo sano, a sabiendas, eso sí, que iban a pagar muchos justos por los pocos pecadores. De hecho, parece ser que, con la expulsión, mejoró bastante la seguridad en las costas levantinas. Otra cosa es que se resintiese la economía, porque los moriscos eran, en cierta medida, la mano de obra cualificada de la época. 

En fin, qué país éste. Toda esa gente que nace aprendida merced a su envidia y resentimiento. Claro, si leyesen el Quijote y, también, acaso, la Biblia, a lo mejor se enteraban un poco de qué va la fiesta y se les pasaba el sofocón. A la postre, como dice un labrador que ha escuchado las razones de Sancho: todo es burla, sino estudiar y más estudiar. ¡Que lo sepan! 

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