sábado, 23 de agosto de 2025

Teodio

 



Cuando yo era chaval, había aquí, en Santander, un tipo afeminado al que se le conocía por el sobrenombre de Teodio. La leyenda que corría por la ciudad a propósito de ese apodo era bastante grotesca y a los chavales nos hacía mucha gracia. Por lo visto, alguien le había tomado el pelo por el balanceo de sus caderas y él había contestado: "No te pego porque no te puedo, pero te odio, te odio, te odio". Fuera como fuese que hubiera sido, si es que fue, el caso es que, en Santander, a cualquiera que mostrase signos de afeminamiento, rápidamene se le aplicaba el apelativo Teodio... nombre que, por cierto, como todo lo que empieza por teo, tiene algo que ver con lo divino. 

Hoy día, la chusma imperante, la misma que antaño se encarnizaba con los Teodios, se rasga las vestiduras ante cualquier atisbo de falta de respeto hacia los homosexuales: es lo que toca. La realidad de aquel horroroso entonces era que se hacía chistes con todo lo que se movía, como siempre, por otra parte, que hay salud mental entre la ciudadanía. Pero de ahí no pasaba; nunca vi yo que, en mi barrio de Santander, o en mi pueblo, alguien hiciese daño a cualquiera de los que todo el mundo tenía por mariquitas: hubiera estado fatalmente visto por la inmensa mayoría. 

El caso es que, con la llegada de esto que llaman democracia, empezó a correr la voz de que ya éramos libres, la cual ilusión, tuvo como primera y nefasta consecuencia una notable caída de los índices de sentido del humor. Ya de casi nada se puede reír uno porque enseguida viene el guardián del templo a acusarte de delito de odio. ¡Oye, y que te pueden llevar a la cárcel por reírte de un maricón! ¡Pues anda que no están ufanos ellos con todo lo que han conseguido! Ahí tienen, en la foto que les muestro, como están pintados los pasos de cebra en una ciudad estadounidense. Y, el otro día, pasaba yo por la Plaza Porticada y, en lo que en los tiempos de Teodio era el Gobierno Civil y, hoy día, Delegación del Gobierno,  pude ver que en cada una de las numerosas ventanas había una bandera con los colores del arco iris, es decir, la enseña que se han sacado de la manga los mariquitas para expresar su orgullo de no sé qué, que ya me dirán ustedes cómo se puede estar orgulloso de algo que no tiene el menor mérito; uno es maricón por lo mismo que es alto o rubio, o sea, por el querer de los dioses... ¿se puede estar orgulloso por ser alto o rubio? Sería una necedad. 

Lo que pasa es que como todo en esta vida va por ondas sinusoidales, ya saben, seno y coseno, pues todo tiene su máximo, su mínimo y, también, sus puntos de inflexión. Y así ha sido que aquella ilusión de libertad tuvo su máximo, su punto de inflexión y, ahora, anda en trance de alcanzar sus mínimos. La gente cae cada vez más en la cuenta de que llamar Delegación del Gobierno a lo que antes llamaban Gobierno Civil no cambia nada las cosas. A la postre, lo que cuenta en esta vida es desenmascarar a los embaucadores que se organizan en mafias para propalar ficciones que quieren hacer pasar por realidades; sobre todo, la más rentable de todas las ficciones, la del victimismo: nos tenéis que restituir todo lo que nos quitasteis a lo largo de la historia. ¡Ya está bien, tíos! ¿A quién, por fas o por nefas, no le quitaron algo? Es algo que está en nuestra condición animal, el usar un ojo para quitar algo al prójimo, y, el otro ojo, para que el prójimo no te lo quite a ti. 

Y en esto llego Trump y mandó parar: se acabó señores, con la bandera multicolor se limpian ustedes el culo o lo que quieran, pero nada de imponerla a los demás. Pues apañados estaríamos si cada mafia nos impusiese su bandera... no íbamos a ganar para banderas. Y así ha sido que, en un ataque de sentido común, ha mandado volver los pasos de cebra a su estado original, es decir, a la neutralidad de las franjas blancas paralelas. Muy de agradecer, desde luego.

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