Tenemos aquí un bonito problema de geometría. No es difícil resolverlo, pero exige pensamiento correctamente estructurado. Y ese es el asunto, el aprendizaje del recto razonar. Porque, ahí, es donde más fallamos todos, en el recto razonar. Y no por nada, sino porque es lo más difícil de todo y, para rematar, tenemos una propensión natural a confiar en nuestras dotes de discernimiento, dado lo cual, no le dedicamos la atención debida a la hora de formarnos. Y ahí está el punto y la fineza de todo este negocio, que, a causa de esa carencia que arrastramos, la vida es mucho más valle de lágrimas de lo que pudiera ser si no fuésemos tan presuntuosos. Por no saber pensar convertimos la vida en un rosario de equivocaciones cuyo recuerdo, luego en la vejez, es el famoso purgatorio por el que tienes que pasar para poder entrar en el cielo.
El caso es ese, que el ejercicio de la geometría es, seguramente, el mejor procedimiento que se conoce para el intento de aprender a pensar. Es algo que se viene sospechando desde la noche de los tiempos; no por otro motivo es que en la puerta de la Academia Platónica hubiese un cartel pidiendo que se abstuviesen de entrar allí los que no supiesen geometría. Luego, trescientos años, o así, antes de Jesucristo, y dos mil trescientos y pico antes de la pandemia del Covid-19, un tipo llamado Euclides se dedicó a recopilar todos los conocimientos geométricos que había hasta entonces -muy parecidos a los que hay hoy día- y los puso en un libro que llamó Los Elementos. Pues bien, ese libro, excepción hecha de la Biblia, se convirtió en el libro más leído de la historia de la humanidad.
Digamos que la Biblia le dio a la humanidad el "en qué pensar" y, los Elementos, "el cómo pensar". Por eso fue que esos dos libros estuvieron en el centro de la formación del espíritu hasta que, hace ciento y pico años, se apoderó del mundo una casta de desalmados que decidieron que lo peor de todo para ellos era que la gente tuviese en qué pensar y, para colmo, supiese pensar. Por eso se apresuraron a retirar esos dos libros de la circulación. Ya ni se lee la Biblia, ni se estudian los Elementos, que no por otra causa es que la gente, porque viaja en aviones y se comunica con celulares, haya dado en creer que son dioses .. digamos que, pura imbecilidad.
Pues sí, señoras y señores, la Biblia y los Elementos: la fórmula que no falla. Cuenta la leyenda que Lincon -ayer como quien dice-, no quiso iniciar el ejercicio de la abogacía hasta haber estudiado a fondo los elementos de Euclides. Por lo visto, gasto varios años en ello una ver terminados sus estudios de abogacía. El hombre sabía que de nada sirve la información si no la sabes procesar correctamente... es decir, si no tienes músculo espiritual. Y ya saben que para hacer músculo de cualquier tipo hace falta gimnasia. Y esa es la cuestión, que la gimnasia exige disciplina por un tiempo, el que se tarda en convertirla en hábito. Una vez alcanzado el hábito es como una droga de la que estás colgado.
En resumidas cuentas, que me resulta difícil tirar para adelante con la vida si de vez en cuando no me meto un chute de gimnasia geométrica; no sé en qué medida me ayudará eso a un mejor pensar, pero, en cualquier caso, el dar con la solución del problema me proporciona unos instantes de placer que me relajan el espíritu.

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