viernes, 15 de agosto de 2025

Minas caninas

Uno va por la calle tranquilamente, pero, eso sí, con un ojo siempre puesto en el suelo no vaya a ser que pises una mina canina. Por qué, me pregunto cada vez que veo una de esas minas, el dueño del perro ha hecho caso omiso de esa campaña institucional que ha llenado la ciudad de carteles instando a recoger esas minas y arrojarlas a una papelera. No encuentro otra explicación que el ejercicio de la maldad como búsqueda de consuelo por parte de aquel que vive carcomido por la desesperación. 

Pero, ¿por qué esa carcoma? Es gente que, aparentemente, tiene todas las necesidades de primer orden e infinidad de las de segundo -como tener perro- cubiertas. Sin embargo, es evidente que algo vital les falta. ¿Qué es lo que puede ser? Por más que me lo pregunto no encuentro otra razón que la del trastorno biológico: su glándula pineal, o cualquier otra glándula, se queda corta en la fabricación de cualquier sustancia esencial para el equilibrio psíquico. Es como si, sin una cantidad suficiente de esa sustancia, se diese una sensación de vacío insoportable que empuja al que lo padece a buscar alivio en la propagación de su mal... buscando el consuelo de los tontos. 

Ahora bien, ¿por qué esa glándula no fabrica la cantidad necesaria de sustancia equilibradora? Es por el querer de los cielos o por algún desequilibrio medioambiental inducido por la conducta humana. ¿Por qué hay lugares en el mundo en los que no hay, por poner un ejemplo, tantas cagadas de perro por las aceras? ¿Es que, acaso, no hay tanta gente en esos sitios acuciada por la necesidad de joder al prójimo? ¿Es que, por ventura, se respira mejor aire en esos sitios? ¿O es, simplemente, que en esos sitios la gente se dedicó a evitar las conductas humanas que envenenan los espíritus? Porque esa debe ser la cuestión fundamental, el envenenamiento de los espíritus por medio de conductas que contravienen las leyes no escritas del cielo. No puede ser que Dios se quede indiferente ante la gente que se dedica a adorar a los perros. Sabemos desde la noche de los tiempos que no hay nada que más le fastidie que la idolatría. Es muy exigente al respecto y, al que se salta el precepto, de inmediato le jode la glándula de marras y le hace vivir con ese vacío insoportable. Bueno, no es más que una conjetura, pero no me negarán que tiene algo de plausible, o sea, que no es tan disparatada. 

 Claro, el problema se complica cuando, en la búsqueda de consuelo, se pasa de dejar cagadas en las aceras a eliminar físicamente a los vecinos, que es en lo que está el mundo, ha estado siempre y, supongo, estará por los siglos de los siglos. Y es que no hay forma de escapar a la maldición que arrastramos como especie, la del vacío existencial. Sencillamente: estamos mal hechos y sin reparación posible. No nos queda otra opción que la de caminar siempre mirando al suelo so pena de pisar una mina canina. 

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