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Ayer, la mañana estaba fresca y la ciudad desierta, así que decidí dar un garbeo por ahí. Por unas escaleras mecánicas subí al Alta, la calle que atraviesa la cima de la colina que vendría a ser la espina dorsal de la península que es Santander. Cuando era chaval transité mucho por esa calle porque allí estaban los dos colegios en los que hice el bachillerato y, también, los dos a los que fueron mis hermanas. En aquel tiempo, a parte de los colegios, estaba allí el cuartel que albergaba al regimiento Valencia, el observatorio meteorológico municipal y una fábrica de curtidos. El resto de la calle eran palacetes, en uno de los cuales pasaba consulta Don Honorato, un brujo formdo en Cuba, que no daba abasto para atender a su numerosa clientela. También había algún pequeño grupo de casuchas miserables y, en la vertiente norte de la colina, bastantes prados en los que pacían vacas y algún caballo; se comía mucha carne de caballo por entonces. Lo de ahora, setenta años después, como es lógico, nada que ver; ha desaparecido el cuartel, algún colegio, la fábrica de curtidos y la mayoría de los palacetes. Los grupos de casuchas resisten agazapados entre los bloques de pisos y, los mejores palacetes, ¡oh, maravilla!, han resistido. ¿Saben cómo? Apuesto a que ya lo han adivinado. ¡Pues claro que sí, hombre, a cargo del erario público! ¿Qué sería de nosotros sin el manto protector de ese erario?
El antiguo centro meteorológico es ahora un centro cívico, para la inclusión, igualdad y resiliencia. Le sigue un depósito de agua. A continuación, el conservatorio de música Jesús de Monasterio. Luego viene otro tinglado que es el del cartel que les muestro en la foto: "centro de apoyo a los cuidados a lo largo del ciclo vital en el marco del plan de recuperación, transformación y resilencia"... el caso es que tengamos resiliencia hasta en la sopa. A continuación, viene otro conservatorio de música, el Ataulfo Argenta en este caso. Le sigue otro palacete dedicado a que bailen los jubilados los fines de semana y cosas por el estilo. Lo bueno de todo ello es que con tanto palacete los perros de la vecindad tienen todos los arboles que quieren para mear y césped para cagar. Debía ser la hora de sacar al perro cuando pasaba yo por allí porque no había otra cosa en la calle que gente paseando el perro.
No se crean que acaba ahí la cosa; a continuación del palacete de los jubiletas viene el colegio de los Salesianos en el que cumplí condena un par de años durante mi atribulada adolescencia. Y, unos metros más allá, un lujoso edificio de nueva planta que alberga parte de las oficinas administrativas de la comunidad. Es imposible llevar la cuenta de todos los edificios que hay esparcidos por la ciudad dedicados a las tareas administrativas de la comunidad.
El caso es que viendo lo que veo, cada día que pasa creo más en el milagro de los panes y los peces. De dónde sale el dinero para mantener todas esas instalaciones llenas de burócratas con sustanciosos sueldos. En la ciudad hay un par de fábricas metalúrgicas, unos cuantos barcos pesqueros, empresas que arreglan fachadas y, last but not less, la vasta red de instalaciones hosteleras; el resto, es todo resiliencia burocrática, por así decirlo.
Para mi la resiliencia es lo contrario de la compliance. La compliance es lo que se estira un cuerpo elástico al que se aplica una fuerza. Resiliencia es la capacidad que tiene un cuerpo elástico estirado de volver a su posición inicial -facil de entender para cualquiera que de niño haya fabricado tiragomas-. Estos términos yo los empleba mucho cuando me dedicaba a estudiar el funcionamiento de los pulmones que, al fin y al cabo, son cuerpos elásticos. Y qué lejos estaba yo entonces de sospechar que, cincuenta años después, la palabra resiliencia se iba a convertir en la metáfora perfecta de las sociedades que viven del cuento, o sea, mayormente funcionariales. Funcionariales, es decir, que funcionan, o hacen funcionar, porque donde hay funcionarios inmediatamente surgen alrededor los bares en los desayunan los funcioarios... en fin todo es una rueda... y sobre todo un milagro.

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