Supongo que será a causa del agalbanamiento veraniego del espíritu el que tenga medio atragantada la partitura de Libertango. Es una versión diferente de la que ya casi dominaba hace un año. Todas las piezas musicales están sujetas a la subjetividad, valga la aliteración, del interprete, pero, en unas, mucho más que otras. No es lo mismo la Cavatina de Stanley Myers, en la que es difícil desviarse del patrón original, que cualquier pieza de Piazzola con las que se podría decir que cada interprete hace de su capa un sayo, por más que el sabor de su melodía es tan intenso que la hace inconfundible la toque quien la toque, de la manera que la toque.
En general, pienso, he ido por la vida bastante por libre, pero en el terreno de la música nunca he podido, por así decirlo, soltarme la melena. Como no estoy dotado tengo que adaptarme a las partituras como quien se agarra a una tabla de salvación. Veo, por poner un ejemplo, a Yamandu Costa interpretar, con su mujer Elodie Bouny, Helping Hands de Sergio Assad. Es un espectáculo irrepetible. Elodie, virtuosa donde las haya, se atiene rigurosamente a la partitura y Yamandu, sin perder un instante el hilo argumental, la sigue a su bola. Claro, hay que tener en cuenta que Yamandu nació en una familia de músicos de la legua, siempre en el carromato de pueblo en pueblo, con toda la familia a cuestas, persiguiendo las fiestas: mamó la música, para que nos entendamos, y el resto de su vida no necesito esforzarse mucho para pensar musicalmente; le das dos notas e instintivamente crea una sinfonía.
Si bien lo consideramos, lo de Yamandu, no tiene gran mérito. Para mérito el mío, que sé que soy un zote e insisto en tirar hacia delante. Sé lo que es esto por experiencia propia, porque seguí el oficio de mi padre y pude darme cuenta de que, sin partirme la cabeza, aventajaba en habilidades a la mayoría de mis colegas que, por así decirlo, eran neófitos. Son las cosas de la biología que la especie humana se empeña en doblegar y a veces lo consigue; desde luego que no es mi caso con la música. Pero, ya digo, insisto, que es de lo que se trata so pena de haber pasado ya a la otra vida sin haberse dado cuenta.
En cualquier caso, la música, como todas las artes, supongo, sirve de metáfora para todo lo humano. Si estás dotado puedes ir por libre; si no lo estás, solo sobrevives por medio de la obediencia. Y, si no, ¿por qué se creen que hay tanta obediencia en el mundo? No se engañen al respecto, porque los dioses son muy avaros a la hora de repartir dones. Aunque, también se dice, que Dios, donde quita, pone: te quita inteligencia y te da voluntad... aunque no siempre es el caso. Quizá casi nunca lo sea.
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