domingo, 3 de agosto de 2025

Libertango

El otro día, aquí, al lado de casa, asesinaron a un conocido de toda la vida. El hombre bajó a por el pan y, ya de regreso, al entrar en el portal, se le coló una rumana que le arrancó la medalla que llevaba al cuello; él, se debió asustar, de resultas de lo cual le pegó un infarto y cayó fulminado. La policía le ha dicho a la familia que no diga nada a nadie para no perjudicar sus pesquisas. La realidad es que no quieren que se sepa para seguir dando una imagen de que aquí no pasa nada. Pero es evidente que pasa. La gente está todo el día amontonada consumiendo "soma". Es un mundo feliz al estilo Huxley. El caso es no enfrentarse a uno mismo. O lo que es lo mismo: sentirse vivo. 

Sentirse vivo es lo peor que le puede pasar al que no tiene nada de sustancia a lo que agarrarse. Qué voy a hacer hoy, se preguntan al despertar: hoy voy a ir a la playa y, después, me sentaré en una terraza con los amigos; quizá por la noche vaya a un concierto de rock. Y mañana... más de lo mismo. Nadie en su sano juicio puede soportar eso más de tres días sin caer en una profunda depresión. Y, justo para eso, es para lo que está el soma, para paliar los estragos del espíritu de las vidas anodinas. Vidas que desconocen la palabra trascendencia. ¡Bienaventurados los pobres de espíritu! Para mí que el Mesías ahí la cagó bien cagada. 

Solzhenitsyn decía que la humanidad sobrevive a todo tipo de catástrofes naturales, menos a la que atañe al espíritu. El tenía motivos para saberlo por haber tenido que padecer en carnes propias aquella apoteosis del marxismo cultural que fue la Unión Soviética. Cuando los espíritus carecen del sentido de la trascendencia porque se lo ha robado la marea de superstición que viene desde las alturas... ¿se acuerdan de aquello que llamaron pandemia? ¿Qué fue aquello sino una galerna de superstición? Todo el mundo corrió a inyectarse la pócima milagrosa haciendo caso omiso de los miles de artículos publicados que advertían del engaño. Y lo bueno del caso es que muchos de los que se inyectaron eran de los que se reían escuchando a Don Quijote cantar las excelencias del bálsamo de Fierabrás. ¿Dónde encontraban la diferencia? Muy fácil, la superstición de la ciencia, el éxito supremo del marxismo cultural. 

En fin, allá cada cual. Yo, como me dice cada vez que me la encuentro la mujer del conocido asesinado por la rumana el otro día, para lo que me queda de convento, me cago dentro. A Dios Gracias, he conseguido agenciarme un considerable stock de papel para poder limpiarme el culo todo lo que quiera. Cojo, agarro, y saco del armario cualquier partitura arrumbada, pongamos que Libertango, y me enfrasco en su recuperación. Poco a poco va resonándome en los entresijos del alma y, entonces, siento una satisfacción intima que me reconcilia con el mundo. No es ningún milagro; en todo caso es el misterio que acompaña al sacrificio... cómo del esfuerzo, que es dolor, surge la trascendencia, que es placer.        

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