domingo, 10 de agosto de 2025

Dioses caídos

 El primer mono que se bajó del árbol y tomó conciencia de que el tiempo pasaba y que era finito para él, sintió horror y para aliviarse inventó a los dioses, unos seres inmortales, ubicuos y omniscientes; a partir de ahí, todo su empeño fue, ya, ser como ellos. Y en eso es en lo que ha estado todos estos siglos con los resultados de todos conocidos: para unos ya casi podemos tratarlos de tú a tú y, para otros, estamos a la misma distancia que estábamos en la noche de los tiempos. 

Veía ayer el título de un vídeo en el que se aseguraba que los chinos habían construido una vía férrea en la que los trenes van a mil kilómetros por hora. Es la obsesión de la ubicuidad; trasladarse instantáneamente de un sitio a otro... para salvar una vida, supongo, porque, de no ser así, ya me dirán ustedes qué sentido tiene tanto riesgo. A lo largo de los años he visto evolucionar los trenes, desde aquel de vapor que nos llevó a Valladolid a examinarnos del preuniversitario -10 horas para 250 kilómetros- a estos eléctricos que apenas tardan tres horas. Hemos avanzado mucho, desde luego, pero respecto de la ubicuidad, lo que en términos matemáticos sería el equivalente al infinito, no nos hemos movido... ni nunca nos moveremos.  

Respecto de la omnisciencia, la cosa es todavía más peliaguda. Es como una maldición tantálica: cuando más te esfuerzas por saber mayor conciencia vas adquiriendo de que no sabes nada. Todo lo esencial se nos escapa. Siempre estamos en las mismas, carcomidos por la ignorancia... y por el dolor que nos produce la contemplación del bien ajeno. Entonces la gente va e inventa el socialismo en un intento de aliviarse y todo es inútil, cuando no peor, porque al dolor hay que añadir el hambre. Así, cada vez nos vemos más alejados de nuestro empeño con el consiguiente aumento del dolor. 

Respecto de la inmortalidad, ya, ni te digo: dan risa todos esos científicos que dicen estar a un paso de la fórmula mágica. Y también la dan todos esos, y sobre todo todas esas, que se esfuerzan en ocultar sus arrugas. ¡Qué inocencia! Como dice Celestina, ¿quién, cuando está al final de una jornada de camino, si le preguntan si quiere volver al inicio, va a decir que sí? Si de verdad has vivido, sentirás saciedad de vida y lo que querrás será descansar. La inmortalidad, en cualquier caso, sería una tortura. 

En fin, perdonen, es que lo del tren de los chinos me puso metafísico.  

 

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