viernes, 17 de octubre de 2025

Analfabetismo

Thoreau era un soñador en el buen sentido. O, mejor dicho, en el sentido que a mí me parece el bueno. Él pensaba que, una vez satisfechas las necesidades de alimento y refugio, el resto del esfuerzo debiera estar encaminado a cultivar el espíritu. Porque un espíritu cultivado es la única riqueza real posible. ¿Se imaginan ustedes una comunidad en la que la inmensa mayoría de sus miembros pudiese leer en sus lenguas originales a los clásicos? 

Los clásicos: el registro de los más nobles pensamientos de los hombres. Pensamientos que son el arsenal que mejor te puede ayudar a ganar la gran batalla de la vida, la que libras contigo mismo. Como Don Quijote, gran conocedor de los clásicos, que regresa a casa vencedor de sí mismo para morir en armonía con el mundo. 

Thoreau considera igual de analfabetos a los que no saben leer que a los que leen libros para chachas. Por qué, se pregunta, gastar el dinero en construir un puente en vez de dedicarlo a enseñar a leer a los analfabetos. Un puente que solo sirve para evitar dar un rodeo; para ganar unos minutos o unas horas que en la inmensa mayoría de los casos no sabrás en qué utilizarlos con la consiguiente desesperación... que siempre se acaba traduciendo en resentimiento y búsqueda de culpables. El tiempo libre de los analfabetos es la verdadera maldición de la tierra. Así que, si no vamos a conseguir que aprendan a leer a los clásicos, por lo menos mantengámoslos entretenidos dando rodeos para llegar de un sitio a otro. 

El caso es que no hay mayor engañifla que eso que llaman progreso. No es otra cosa que la ilusión de que se puede ganar tiempo al tiempo: un pecado de soberbia que automáticamente te arroja a los infiernos. ¿Han conocido ustedes alguna vez a alguien que se tilde a si mismo de progresista que no viva en los infiernos del victimismo y el resentimiento? Es un deshecho humano que dedica toda su atención a lo de afuera para no tener que enfrentarse a lo que tiene por dentro. Cambiarlo todo para no tener que cambiarse a sí mismo. 

En fin, cosas de la naturaleza humana que no tienen enmienda. La eterna contradicción: querer ser como dioses con la ley del mínimo esfuerzo. Querer alfabetizarse leyendo libros para chachas.  


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