martes, 14 de octubre de 2025

La mañana

"La mañana, el momento más memorable del día, es la hora del despertar. Es entonces cuando estamos menos soñolientos y, al menos durante una hora, despierta una parte de nosotros que dormita el resto del día y la noche. Poco ha de esperarse del día, si podemos llamarlo así, en que no nos despierta nuestro genio, sino los codazos mecánicos de un sirviente, ni nos despiertan la fuerza recién adquirida y las aspiraciones internas, acompañadas por las ondulaciones de la música celestial, en lugar de la sirena de la fábrica...

Diría que los acontecimientos memorables transpiran en el tiempo matutino y en una atmósfera matutina. Los Vedas dicen: «Toda inteligencia despierta por la mañana». La poesía y el arte, y las más hermosas y memorables acciones de los hombres, datan de esa hora. Los héroes y poetas, como Memnón, son hijos de la aurora, y emiten su música al salir el sol. El día es una mañana perpetua para aquel cuyo elástico y vigoroso pensamiento corre parejo con el sol. No importa lo que digan los relojes o las actitudes y trabajos de los hombres. La mañana llega cuando estoy despierto y hay un amanecer en mí. La reforma moral es el esfuerzo para quitarnos el sueño de encima. ¿Por qué los hombres dan tan pobre cuenta del día si no estaban durmiendo? No son calculadores tan pobres. Si la somnolencia no los hubiera vencido, habrían hecho algo. Hay millones lo bastante despiertos para el trabajo físico, pero sólo uno en un millón está lo bastante despierto para el ejercicio intelectual efectivo, sólo uno en cien millones, para una vida poética o divina. Estar despierto es estar vivo. Nunca he conocido a un hombre que estuviera completamente despierto. ¿Cómo podría haberle mirado a la cara?"

Lo de ponerse a hacer metafísica es señal inequívoca de que el tiempo que pasa te está aplastando. Entonces, para escapar a esa tortura, te pones a dar vueltas a cualquier cosa. En este caso, Thoreau, se pone a filosofar sobre las indudables ventajas del madrugar, que es lo que él hace. Se levanta antes de que salga el sol y se baña en la laguna, lo cual, dadas las temperaturas del agua en aquellas latitudes, tiene que ser como un despertar al cuadrado. En fin, sea como sea, lo que importa es que nos deja unas reflexiones sobre el despertar que tienen cierta gracia. Porque, no nos equivoquemos al respecto, lo que muchas veces llamamos estar despierto no es más que una somnolencia que solo nos sirve para satisfacer las necesidades más vitales y, luego, acaso, ir a una terraza a ver un partido de fútbol o, en su defecto, asistir a un baile de vampiros.  En realidad, casi todo lo hacemos en la vida en estado de somnolencia y, muy de tarde, tomamos conciencia del significado de lo que estamos haciendo: son pequeños momentos de lucidez que en ocasiones utilizamos para dar un giro a nuestras vidas.   

El caso es que en estos últimos tiempos -after pandemic, concretamente- se habla mucho del despertar. Y es que la actitud de la inmensa mayoría ante la sarta de disparates que los gobernantes impusieron a los gobernados por aquellos nefastos días no dejó lugar a mucha duda acerca de la escasa actividad cerebral del populacho. Solo la gente somnolienta se puede comportar así, haciendo caso omiso de las facultades que la naturaleza nos otorgó. Y así sigue la mayoría. ¿Cuántos de ustedes, por cierto, se han enterado, de los resultados de los trabajos que se han hecho comparando la salud de los vacunados con la de los no vacunados? Resultados que invitan a coger una metralleta. ¡Apetece fusilallos!, como decían aquellas pintadas que había por las paredes de Portugal cuando la Revolución de los Claveles. 

Sí, lo de estar despierto no es sencillo. Exige voluntad. No se puede aprender jugando, como dicen los pedagogos marxistas. Voluntad, esa es la palabra que mejor define el estar despierto. Porque hace falta mucha voluntad para bañarse en un lago de aguas heladas nada más levantarse, como hacía Thoreau o su discípulo más sobresaliente, Chris Stevens, el locutor de la radio local K-OSO de Cicely, Alaska. Uno y otro, únicos entre cien millones por la calidad de su vigilia... poética y rozando siempre lo divino. 

No sé, porque cada cual es cada cual; yo solo sé que, tan pronto me despierto, no puedo resistir ni un segundo más en la cama. Me levanto como un tiro y de inmediato entro en acción. Bien es verdad que las pilas ya me duran muy poco. Allá, hacia el mediodía, a efectos mentales, ya no puedo con mi alma. Entonces, me instalo en la somnolencia a la espera de enchufarme de nuevo al cargador a la caída del sol. Todo lo cual no quita para que esas primeras horas mañaneras sean una fiesta en la que hago intentos de rozarme con la divinidad... que es la vigilia por excelencia.

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