sábado, 4 de octubre de 2025

División social del trabajo

"La misma adecuación hay en un hombre que construye su propia casa que en un pájaro que construye su nido. ¿Quién sabe si, en el caso de que los hombres construyeran su morada con sus propias manos y se procuraran comida a sí mismos y a sus familias con suficiente sencillez y honradez, la facultad poética no se desarrollaría universalmente, tal como cantan los pájaros que se ocupan en estos menesteres? Pero, ay, nos gustan los garrapateros y los cuclillos, que ponen sus huevos en los nidos que otros pájaros han construido y no alegran a viajero alguno con sus gorjeantes y desafinadas notas. ¿Renunciaremos siempre en beneficio del carpintero al placer de la construcción? ¿Qué representa la arquitectura en la experiencia del conjunto de los hombres? No me he cruzado nunca en mis paseos con un hombre empeñado en una ocupación tan sencilla y natural como edificar su casa. Pertenecemos a la comunidad. No sólo el sastre es la novena parte de un hombre; otro tanto es el predicador y el comerciante y el granjero. ¿Dónde ha de acabar esta división del trabajo? ¿A qué objetivo sirve al fin? Sin duda otro podría también pensar por mí, pero no es deseable que lo haga hasta el punto de evitar que piense por mí mismo."

Leyendo este párrafo de Walden, he recordado lo feliz que fui los días que pasé adecuando una vivienda que había comprado en Bellmunt de Segarra. Estuve haciendo de pinche de Josep María, un lugareño borracho, parrandero y jugador, que conocía todos los oficios necesarios, y unos cuantos más, para construir una casa. Fue un verdadero maestro: no pensaba por mí; me hacía pensar. Cuando acabamos aquella obra tenía la sensación de haber multiplicado por cien mis conocimientos útiles. ¿Después de saber cultivar un huerto, qué puede haber más útil que saber construir una casa?

También he recordado con aprensión el entusiasmo con el que Adam Smith describe en su famosa obra, La Riqueza de las Naciones, la fábrica de alfileres. Nos demuestra allí que si las tareas necesarias para fabricar un alfiler se reparten entre cinco operarios -cada uno de ellos especializado en una parte del proceso-, la productividad crece exponencialmente. Seguramente no hay palabra que más haya contribuido a degradar la vida en el planeta que la dichosa productividad, hija de la división social del trabajo. No hay más que asomar la cabeza por la ventana y ver toda la chatarra que hay en las calles. Pero lo peor no es en las calles; lo peor es en las cabezas de los superespecializados que acaban viendo el mundo por el ojo de la cerradura que es su especialidad. 

Seguramente el mundo es así porque no podría ser de otra manera, pero eso no quita para que podamos soñar en cómo sería si no hubiera tanta división social del trabajo y, por tanto, muchísimos menos alfileres y todas las demás manufacturas que so capa de facilitarnos la vida nos la llenan de ocio que, como bien es sabido, es la madre de todos los vicios y desesperaciones. En cualquier caso, como nos demuestra Thoreau, al respecto siempre se puede hacer algo a nivel personal. Uno puede diversificarse en varios jardines y pasarse la vida trashumando de uno a otro para que ninguno quede yermo. 

En fin, división social del trabajo, que le dicen. ¿Conocen ustedes algo en lo que se meta por medio la palabra social -o cualquiera de sus derivados semánticos-, que no acabe siendo una obra del diablo para allanarnos el camino del infierno?

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