Veo por ahí una noticia, dada en clave de humor, en la que se ve al actual jefe del sindicato más poderoso de España afirmando que "hay que trabajar menos para vivir mejor". Personalmente, comprendo este tipo de lógica que tiene su punto de partida en aquella condena que Dios hizo a los hombres por haber comido del fruto prohibido. ¡Te ganarás el pan con el sudor de tu frente!, dicen que dijo irritado. No es muy diferente a lo que Zeus le dijo a Prometeo que, por cierto, ahí sigue encadenado a una roca del Cáucaso. El trabajo como condena es una de las claves de la conflictividad social desde que existe sociedad. Querer vivir del trabajo de los otros, como el sindicalista ese de marras, es la más arraigada aspiración de cualquier persona analfabeta. Y es que el analfabeto tiene una muy particular concepción de lo que es trabajo, relacionándolo siempre con la hiperactividad de las glándulas sudoríparas.
Recuerdo al respecto a uno de aquellos proscritos de Alar con los que solía pasear por el monte. El hombre tenía un hermano que de niño había ido al seminario. Cuando ya estaba a punto de cantar misa, se echó para atrás y se puso a trabajar de contable en una empresa de su pueblo. El proscrito decía que su hermano nunca había pegado un palo al agua, porque, para él, estaba clarísimo que cualquier actividad que no produce sudor no se puede considerar trabajo.
Sea como sea, el caso es que hay trabajos y trabajos. Unos producen sudor y otros quebraderos de cabeza. Y ahí es donde se engendra el problema sindical, que el sudor se ve a simple vista y, los quebraderos, no. En esa diferencia de percepción está la madre de todas las envidias y, eso, no tiene cura porque el que nunca se ha quebrado la cabeza no puede comprender qué cosa pueda ser eso.
Así están las cosas, mediatizadas por la envidia que produce el desconocimiento. A aquel proscrito de marras ni se le pasaba por la cabeza que pudiese existir una cosa que se llama cálculo infinitesimal. Por eso despreciaba a los ingenieros de la fábrica en la que trabajaba porque, decía, no tenían ni idea de cómo se manejaba el torno. No se le podía pasar por la cabeza que aquel torno era el resultado de los cálculos del ingeniero. Así las cosas, ¿qué motivos iba a tener para no despreciarle?
Pues en eso precisamente se basa el marxismo, en mantener a los proscritos ignorantes de que las neuronas también sudan; y de que para aprender cálculo infinitesimal hay que exprimirlas hasta dejarlas exhaustas. Aprender esta realidad sería lo único que podría transformar la envidia en respeto, cuando no en admiración. Entonces, no habría lugar al marxismo.
Resumiendo, que esto del resentimiento de los ignorantes tiene menos enmienda que la jodienda. Y eso lo saben todos esos líderes inspirados por el marxismo y, no por otra causa es que pongan todo su empeño en que la ignorancia no retroceda entre los proscritos. Mientras la ignorancia campe por sus respetos, ellos podrán seguir comiendo gambas a dos carrillos, en este caso, sí, sin pegar palo al agua.
En fin, no sé para qué coño me meto en estas historias tan aburridas.
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