Cada vez me cuesta más cumplir con esta obligación que me he autoimpuesto de escribir todas las mañanas un post, que le dicen, para publicarlo en este blog. También me cuesta cada vez más realizar los ejercicios físicos que se supone me van a ayudar a mantener la autosuficiencia. Se necesita mucha voluntad para no abandonarse a los elementos y que sea lo que Dios quiera. Voluntad y, también, el autoconvencimiento de que alguien cuenta conmigo. Tener la sensación de servir para algo es, quizá, el mayor motor de vida que existe. Pero, en fin, no son más que suposiciones.
¡Tanto tiempo para pensar! Sigo con la lectura, a pequeños sorbos, de Walden. Walden es el pensar incesante de un ocioso que en un tiempo pasado se empapó del pensamiento de las que se supone fueron las mejores cabezas de la antigüedad. Digamos que, ello, le permitía pensar con cierto método, lo cual vendría a ser la enjundia de cualquier literatura digna de tal nombre. Pensar con método, eh ahí la dificil cuestión que nos plantea la vida. Porque, no nos engañemos, pensar con método es el privilegio de unos pocos, entre los cuales es casi seguro que no nos encontremos. Así, que, amigos míos, seamos humildes so pena de no parar de meter la pata.
Reflexionar sobre la civilización. ¿Qué es ser civilizado? ¿Qué es ser salvaje? A las afueras del pueblo donde vivía Thoreau, un grupo de indios había instalado sus tiendas. Vivían allí tan ricamente creando con ello, respecto de los civilizados invasores anglosajones, un contraste que era manantial inagotable de reflexiones para Thoreau. Los indios iban y venían de aquí para allá y en unas pocas horas tenían sus tiendas plantadas en las que parecían vivir a plena satisfacción. Los civilizados, por contra, vivían en una casa inamovible que la mayoría no conseguía pagar del todo en su vida. Las cuotas de la hipoteca eran como los eslabones de una cadena que les tenía atados a trabajos miserables; a la postre, la ambición de tener una casa, digamos que civilizada, se pagaba con esclavitud. Sí, eso es lo que nosotros llamamos civilización, la esclavitud envuelta en papel de regalo.
Personalmente, me he pasado la vida tratando de zafarme del sentimiento de esclavitud que me producían los trabajos que me procuraban la subsistencia. Digamos que a los cuarenta años ya estaba parcialmente liberado, y a los cincuenta y tres, si no total, casi. No ha sido fácil saltarse la corrección. Es como si hubiese tenido que vivir a hurtadillas; sabía a ciencia cierta que los esclavos que desconocen su condición no perdonan a los que dieron con el portillo del caer en la cuenta y saltaron por él. Así uno se convierte en un espejo en el que muy pocos soportan mirarse.
En fin, la civilización, no hay día en el que no sueñe con zafarme un poco más. ¿De qué me puedo deshacer hoy, me digo? Tengo unas cuantas cosas en el punto de mira -él ordenador, el móvil-, pero por el momento no me atrevo... y me temo que voy a ir de aquí arrastrando esas las cadenas.
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